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de Jaque blues
Cuando enfermó mi madre los amigos y la familia se arremolinó en torno a ella, eran un montón y no pasaban dos días sin su apoyo y su ternura.
La enfermedad se hizo larga y ellos estaban siempre unidos, cerca a todas horas, como un enorme complot de compañía y acercamiento.
Pero cuando mi madre murió, aquellos amigos parecieron marcharse con ella, dejando solo a mi padre dos veces.
Yo tengo demasiado dolor en el corazón como para despreciar a nadie. Pero la soledad que han creado, algún
día les estallará en los ojos, doblemente.
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Sofía
Sofía, vieja virgen del segundo, pasea, otra vez, su cuerpo de ancla antigua, su cansado mástil
por las sombras del parque,
Sofía, envenenada de recuerdos y de deudas, sonríe a los jóvenes,
envidia a las mujeres de los chicos guapos
y sabe que se irá pronto, triste y sabia, con las nubes y el invierno
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Ramón de Garciasol
La poesía es muy grande. Sin duda es como un gran paisaje, como una de esas ciudades maravillosas que nunca nadie puede conocer del todo. Esas ciudades donde de repente te atrapa una pequeña plaza y resulta que esa plaza es hermosísima, poderosa, llena de árboles, de historia, de magia secreta.
Lo mismo pasa con la poesía. Hay poetas fantásticos en cualquier parte y podemos descubrir uno sin darnos cuenta, como esa plaza o esa calle. Ramón de Garciasol es un gran poeta cuya memoria literaria no pasa hoy por su mejor momento, no importa, es circunstancial porque los buenos siempre vuelven. Garciasol publicó algunos de los libros más hondos, emocionantes y personales de nuestra posguerra. Enmarcado en la poesía social, en 1950 sorprendió con su libro Defensa del hombre, y en 1960 firmó una de las mejores obras del pasado siglo, La Madre, un libro compuesto por sonetos, siempre hondos, certeros, llenos de alma y de gran poesía.
Trabajó toda su vida en la editorial Espasa-Calpe y escribió dos o tres biografías de Cervantes. Su obra fue extensa y en el momento de su publicación gozó de un prestigio firme y constante, desde el principio. Hoy no podemos encontrarlo en las novedades de las librerías, pero los buenos lectores de poesía lo saben, lo leen, lo buscan en las ferias y similares.
Está pendiente de un regreso, cuando lo haga será para siempre.
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Los 400 de Zapatero
Hay gente que no le gusta decir a quien da su voto, yo no. No me importa en absoluto. La primera vez que voté, lo hice a Izquierda Unida, e incluso creo que la segunda, el resto de veces voté en blanco. Hasta las últimas elecciones generales, en las que voté a Zapatero. Tardé en arrepentirme lo que sus ministras tardaron en salir en el Vogue, pero le voté con muchísima ilusión. Sólo he votado al Partido Popular una vez, fue el año pasado a Gallardón, o sea que en el fondo no he votado nunca al Partido Popular, ¡menos mal!
Para estas próximas elecciones de Marzo tenía provisto votar, sin ninguna convicción a ZP, lo iba a hacer con los ojos cerrados, de una forma algo extraña, pensando, ¿Cuándo estaré arrepentido? pero le iba a votar, porque si Zapatero me parecía un señor inoperante, con maneras de cura y discurso templado, Rajoy es una especie de pesadilla chistosa, fuma puros y seguramente es el peor político de la historia de España.
Sin embargo los 400 euros de Zapatero me han dejado de piedra. Es de esas cosas absurdas que te llenan de indignación. Primero, me parece ridículo que un partido socialista margine a los que menos cotizan y a todos los trabajadores autónomos. Segundo, ponerle precio a los votos es propio de un gobierno disparatado, como de broma… y tercero, la medida, si uno la estudia bien, está llena de trampas y de rincones oscuros, que nadie piense que en su cuenta van a aparecer, de repente, 400 euros, se trata de reducciones, mensualidades…
No sé por donde le va a salir el tiro. Es triste tener políticos así, otra vez a votar en blanco.
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A vueltas con el himno
Aquella frase bíblica que nos decían tanto en el colegio: El primero libre de pecado que tire la primera piedra, y entonces te ponías a pensar y te callabas. Algo así me ocurre con el la letra del himno que parece no gustarle a ningún español, digo esto porque a mi me gusta, y también porque yo me puse a intentar hacerlo y nunca, nunca me he visto ante algo tan difícil. Y es que está demostrado: ponerle letra a nuestro himno es como construir un castillo en el cielo, ni sabes por donde empezar, ni tienes materiales que se sujeten, vamos que no hay forma.
A mi esta letra no me parece insultante, ni exagerada, ni fascista (como han dicho algunos) ni nada de eso, es cursi, eso sí, tiene un claro sabor antiguo y parece sacada de una de esas letras colegiales, casi de campamento, que los mayores repetían llenos de hastío y los pequeños aprendían con facilidad, ¿pero no son así la gran mayoría de los himnos? claro que lo son. A mi me gusta La Marsellesa y la Internacional, pero bueno… es distinto, son letras con historia, belleza y simbología, no se puede llegar a eso de la noche a la mañana.
El himno debe ser como las oraciones, cuando hay Fe se dicen de corrido y emocionan, cuando no la hay, son cursis y viejas y sobre todo no dicen nada. Algo así nos pasa a los españoles con nuestra letra, para encontrar esa letra dichosa, deberíamos antes encontrar otras cosas, seguramente más cercanas.
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La Feria del Libro Antiguo y de Ocasión
Ay, renovarse o morir, frase tan tremenda como cierta. Para mi los libros siempre han tenido un atractivo desorbitado, me han gustado desde niño, los libros de literatura (porque los de texto no los miraba ni de reojo), han sido mi pasión toda la vida. Y en el centro de esta maravillosa manía, La Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, esa que en el Paseo de Recoletos cambia el inicio del otoño y de la primavera.
Cuando era estudiante iba con mi padre, otro apasionado de los libros aunque con gustos distintos a los míos. Me daba cinco mil pesetas y quedábamos a las tres menos cuarto en la parada del autobús para no tener que estar juntos y poder ver cada uno lo suyo, nos encontrábamos en la parada los dos llenos de bolsas, y en el autobús nos enseñábamos nuestras adquisiciones como quien mira y remira sus tesoros.
No he dejado de ir ni un solo año, especialmente los sábados y los domingos. Sin embargo ahora Internet lo ha cambiado todo, los portales de venta de libros son increíbles y los precios exageradamente más baratos que en la Feria. En cualquiera de los dos portales más importantes, escribes el título del libro que te interesa y te salen las cinco o seis librerías que lo tienen, luego eliges el más barato y en unos días puedes disfrutarlo, así como suena. Yo al principio me mantuve plenamente fiel a la Feria, pero desde hace ya unos meses la realidad me ha hecho desistir, y es que no puedo comprar un libro por noventa euros cuando sé que lo tengo por veinte, hasta incluso, en mi propia ciudad. Muchas veces veo los libros en la Feria, y luego los compro por Internet.
Y es que los libreros que acuden a La Feria del Libro Antiguo en vez de luchar contra Internet con ofertas o promociones o imaginación, han subido todos sus precios y están esperando a ver que pasa. No me parece el camino más indicado, sin embargo esta Feria ha sabido renovarse con el tiempo, hay una página hermosísima sobre ella de Azorín en su obra, Un pueblecito, Riofrío, y estoy seguro de que sabrá buscar una convivencia con las nuevas tecnologías.
Mientras tanto, los libros esperan, siempre ángeles.
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Marcelina, la que se avecina… (políticos y todo)
Viendo como están las cosas empieza a darme miedo las próximas elecciones generales, allá por Marzo nos las vamos a ver y desear para no avergonzarnos, día a día, de nuestros políticos. Hace poco he visto el vídeo que han hecho para anunciar la famosísima nueva asignatura. Asignatura que yo entiendo justa, necesaria y positiva, pero los que han hecho el vídeo son unos necios enormes. Y claro al intentar ridiculizar a los demás se ridiculizan ellos mismos y no dejan muy claro en base a que cuestiones han hecho esta asignatura, si porque realmente la consideran necesaria o porque saben que a sus contrincantes políticos les iba a gustar muy poco.
Yo me considero un hombre sin partido. He votado en casi todas las elecciones desde que fui mayor de edad y nunca he salido feliz después de hacerlo, es como cuando te emborrachas mucho, durante la borrachera lo pasas bien, pero después te prometes no volver a beber de esa forma, pues igual. Y es que los dos partidos mayoritarios son verdaderamente tristes, algo que desmoraliza al más hechizado, el Partido Popular con esa lacra funesta del catolicismo, el velado franquismo, la intransigencia evolutiva, la rancia flor conservadora de no poder tragar a quien es diferente; y el PSOE con sus vídeos represivos, su falsa modernidad, sus complejos ya históricos, su amor tan desgraciado por el lujo encubierto y esas ministras en la portada del VOGUE cuando todavía no habían empezado tan siquiera a trabajar.
Ay, de verdad ¿qué hemos hecho para merecer esto? algo, algo seguro.
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Y ahora que hago con las cintas
Ay, dios, y ahora que hago con mis cintas, las de música, las de toda la vida, no, perdón, las de toda la vida de antes, porque ahora las cintas ya no sirven para nada. Los casette fueron un elemento fundamental en mi infancia, toda la música estaba detrás de ellos y marcaban el ritmo de la vida. A todas partes íbamos con nuestras cintas, recuerdo un viaje a Inglaterra, me las dejé en la habitación de un compañero y cuando llegué a Madrid me dio un ataque de angustia, tuvo mi padre que llamar al director del colegio y montar un lío de narices para que me las mandaran. Pero perder las cintas era perderlo todo. Uno llevaba años coleccionándolas, mirándolas, compartiéndolas, eran ese misterio de la personalidad y el carácter de cada uno.
Ahora las tengo en un cajón de mi casa. Hace años, digo bien: años, que no escucho una cinta y sin embargo soy incapaz de tirarlas. Y lo cierto es que me estorban, son un montón, están viejas, algunas estropeadas, otras a punto de estropearse… no sé, algo que fue tan importante… imaginarlo en la basura, The Joshua tree, The First of a Million Kisses, La calle del olvido, Adiós tristeza, Tunnel of love, Rattle and hame, En algún lugar, Camino Soria, The sound of silence… perdidas para siempre. Alguna vez he pasado por un contenedor y he visto un montón de cintas desparramadas, rotas, con los papeles del interior mojados por la lluvia, con los sueños del que las tuvo en la guantera del coche, en el cajón de la oficina, en el salón de casa, desparramados también en una basura o un contenedor.
Que mal se lleva la nostalgia con el poco espacio doméstico, hoy no sé que hacer con las cintas, cuando las tire (si alguna vez lo hago) enterraré del todo mi infancia, pero es que mañana no sabré que hacer con los cedes y pasado… uy, mejor no pensar, que cambien las cosas y siga la música.
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Vicente Blasco Ibáñez
Blasco Ibáñez es el mejor novelista español después de Cervantes y su pobre valoración crítica una de las grandes injusticias de la historia de la literatura. Varios elementos se cruzan en el poco reconocimiento que Blasco ha tenido desde su muerte. Su mala relación con la generación del 98, sólo se llevaba seis años con Azorín y cinco con Baroja, su prematura muerte con apenas 56 años, su desorbitado éxito internacional, impensable para cualquier compañero suyo de generación y también, todo hay que decirlo, su poca modestia y su orgullo personal le hicieron difícil ser homenajeado, estudiado y leído como se merecía, aunque también, llegada la posguerra, influiría algo su enorme y conocido sentido republicano.
Antipático u orgulloso, frío y matemático, pesetero o manipulador, la obra de Blasco Ibáñez es única por varios aspectos. Por ejemplo su gran variedad, sus distintas etapas, esa primera época de novelas desarrolladas en Valencia y de temática social, ¡cuánta fuerza! que manera de describir el horror de una vida pobre y trágica. La segunda etapa, llamada madrileña, de igual intensidad pero con el desarrollo ahora de conflictos políticos, también de sus primeros amores no correspondidos, obsesivos y totales. Y la tercera etapa, ya viviendo en París la Primera Guerra Mundial, con el éxito pisándole los talones, describiendo la guerra como muy pocas veces se ha hecho, el dolor de las ausencias, la tremenda y trágica duda de quien no sabe si debe ir al frente y morir por un país o esconderse, ser un cobarde pero mantener la vida. Y la última etapa, convertido ya en un novelista de fama mundial, enriquecido, llevado al cine, al teatro, y sin embargo autor de La vuelta al mundo de un novelista, tres tomos que muchos han convertido en su libro de cabecera y leen cuando necesitan escuchar, tras una páginas, los pájaros de África o las sombras de China.
En casi todos los textos de Blasco Ibáñez hay una rebosante y lúcida forma de hacer novela, sus personajes son siempre humanos, no viven de la casualidad ni necesitan de ella, actúan de forma cotidiana y sin embargo siempre queda la sorpresa en sus razones y formas de comportamiento. Y además los finales de cada libro, siempre cuidados, medidos, ciertos, en algunos casos deslumbrantes, en otros humanísimos, a veces extraordinarios…
En varios años de defender a Blasco Ibáñez me he encontrado quien me ha llamado de todo por mi enorme asombro hacia su obra, muchos de ellos a penas lo habían leído, sirva esto como una pequeña invitación, os lo aseguro: Blasco es único.
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Las antiguas vacaciones
Yo nací en 1975. A veces vuelvo la vista atrás y me sorprendo de cuanto ha cambiado todo. ¿Qué os voy a contar? hoy me acuerdo de las antiguas vacaciones, nos íbamos al lugar elegido dos meses, si te dejabas en casa tu juguete preferido al volver ya no te acordabas de cómo usarlo. En los lugares de veraneo se hacían grandes amistades, y para muchos, para miles, el amor estaba solo felizmente unido a una playa, un cine de verano y una bicicleta… los amores de verano eran como lo mejor de la vida: intensos, apasionados, misteriosos, embebidos de luna, de sal y de nostalgia. Septiembre llegaba como una mala noticia siempre demasiado grande, era un golpe de campana ácido que empezaba a resonar en las últimas fechas de agosto.
De aquellos dos meses uno lo pasábamos con nuestros dos padres y otro sólo con nuestra madre, entonces empezaba el desparrame o el enclaustramiento, según el caso. Nuestros padres se las veían putas para poder hablar con nuestras madres por teléfono y algunos aprovechaban aquellos días para meterse alguna aventurilla en el cuerpo, no es el caso del mío, os lo juro.
Llegábamos a casa con los exámenes encima y después de haber jurado, tres veces, escribir a la chica del cine una vez por semana. Carta imposible, por supuesto. Cuando la vorágine terrible del otoño se volvía a apoderar de nosotros y caían las lluvias, los suspensos, la cotidianidad y las otras caras de la luna, el largo verano empezaba a ser el mejor recuerdo.
Era lo de antes. Ahora veraneamos ocho días, los niños no pueden hacer amigos porque no les da tiempo y van con los padres al cine, hablan por el teléfono móvil con sus amores de invierno y buscan, con nosotros, conexión a internet para no abandonar del todo su correo y seguir con lo de siempre.
En fin, ocho días en la playa, lo demás es historia.
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Luciano Priego, un poeta que ha vuelto
El poeta Luciano Priego ha vuelto. Sí, ha vuelto. Luciano Priego fue un poeta importante en aquella burbuja maravillosa de finales y principios de siglo. Algunos vivimos aquellos años de una forma especial, teníamos la poesía en todas partes y la vida era un descubrimiento continuo, una hermosa y gran aventura. En aquel viaje de poetas y poesía, estaba Luciano con su sonrisa, sus ojos burlones, su paz interna, su siempre estar contento en cualquier sitio. Con él pasamos un montón de cosas. Recuerdo tanto una noche de borrachera y poesía en La Vid después de una maravillosa lectura de poemas... Todo parecía tan sencillo entonces. Era nosotros, y la noche, y el no saber muy bien que mandaba en el mundo y vivir felizmente ignorándolo.
Luego Luciano decidió dedicarse en pleno a su familia recién encontrada, llevaba años huyendo de la soledad, se casó, tuvo un hijo y estuvo un tiempo separado de su sueño y su quehacer de poeta. Pero la poesía es así y lo perdona todo. Te deja que busques la misma poesía en acompañar al amor de tu vida o al hijo que empiezas a conocer, esto también es poesía, que nadie lo olvide.
Los amigos sabíamos que Luciano volvería, le esperábamos como se espera a los grandes, con tranquilidad, con tristeza y alegría al mismo tiempo. Yo estaba seguro de que algún día le vería asomar su sonrisa como un niño despistado y nuevo y enseñarme, al fin, sus nuevos poemas. Y verle a él saliéndose de si mismo, con poemas suaves, íntegros, emotivos, tristes, como aquellos tan hermosos, de su libro, Las noches y los días. Yo, y otros amigos, esperábamos a Luciano.
Hoy Luciano ha vuelto y se ha ido para siempre. Que canción más triste la de los amigos que nos dejan, me he quedado con las fotos de aquellos días, he releído su último libro al volver del Tanatorio, las dedicatorias, los poemas que adorábamos entonces. Por eso ha vuelto de otra forma. Es ahí donde crece el poeta. Seguimos esperándole y le tenemos cerca, al mismo tiempo.
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La lluvia
Y es que nos gusta poco a los madrileños la lluvia. Sabemos lo necesaria que es, y cuando al fin llega nos alegramos, pero eso sí, al tercer día de lluvia no podemos más. Se nos hace tremendo la larga túnica gris del cielo encapotado. Lo que ocurre es que no hay forma de acostumbrarse, y la lluvia es como todo, necesita un periodo de aclimatamiento, y en nuestro caso, cuando ya estamos a punto, deja de llover por seis meses y se nos rompe el hechizo. No, no, la lluvia no es lo nuestro. Fijaos lo que le escuché ayer al grandísimo poeta Alfonso Berrocal: después de estas lluvias que deje de llover hasta la próxima sequía… aunque en el caso de Alfonso hay sentido del humor y literatura en su frase, confirma lo que necesitamos ese cielo azulón y ese sol envidiable.
Además nos molesta el paraguas, lo olvidamos en los restaurantes, en el autobús, y lo rompemos en la consulta del médico de tanto jugar con el. Y luego está esa férvida lacra de la superstición, no sabemos como hacer para no abrir el paraguas dentro de casa, es un aparato que termina en punta y todo lo que termina en punta acaba clavándose en cualquier sitio, las agujas, los pinchos de cocina, las espadas…
Me gustaría ser como Fernando Beltrán, él, nunca, nunca olvida un paraguas, lo lleva en el bolsillo y cuando al fin llueve, lo deja crecer hasta convertirlo en un paraguas de esos ingleses, con la empuñadura de madera, gastada por sus manos asturianas y geniales. Eso es lo que tiene ser de Oviedo, Fernando mira todos los días el periódico por si llueve en su ciudad natal. En la punta de todos sus paraguas, lleva escrito un poema sobre la lluvia, las bufandas y el dolor de los amigos cuando se pierden en el humo de los días o la distancia.
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Farruquito y Cuba
La verdad es que pasan unas cosas que uno no sabe que pensar. Acabo de leer que nuestro famosísimo Farruquito (bailaor y en ratos libres imitador de Fernando Alonso) está de gira presentando su nuevo espectáculo en Cuba, por lo visto es la primera de una serie de actuaciones que tiene preparada por medio mundo y que culminará a mediados de Diciembre en un teatro madrileño. Tendrá que tener cuidado, eso sí, la última vez que salió a las tablas madrileñas tuvo que esconderse de la enorme pitada acontecida.
Y es que resulta enormemente cansino ver como algunos hacen lo que quieren con la justicia y otros se tienen que tragar todo como si tuvieran la boca más grande del mundo. Y el caso de Farruquito es más simple que un anillo (como diría Neruda). Un tío conduce un coche sin carné y sin seguro, va a mayor velocidad de la permitida, atropella a un señor, lo mata, se da a la fuga y después le echa la culpa a su hermano para que no se diga que la familia no es güena.
Que la justicia no sea capaz de poner a este señor en la cárcel es una barbaridad y sobre todo un atropello (nunca mejor dicho) a todos esos que han cometido una barbaridad similar y se han chupado la cárcel en sus carnes y en la de su familia. Claro, supongo que muchos de ellos no tendrán hermanos, o abogados, o no serán bailaores… o yo que sé, a lo mejor lo más inteligente es pensar que Farruquito no tiene la culpa, estaba cansado, el carné lo tenía a medias, el seguro estaba en trámite, el acelerador se le enganchó al pie, y no pudo socorrer al herido porque se le hacía tarde en la cola del Paro. Para gustos, los colores.
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Ser alcalde
Debe ser hermoso ser alcalde de la ciudad que amas, de la ciudad que te vio de niño, de la ciudad donde se casaron tus padres, de aquella ciudad que alumbró tu adolescencia. Ser alcalde es distinto a ser político, hay algo más humano, más tradicional. El alcalde es toda una referencia en una ciudad y me parece el más noble y atractivo de los cargos que puede otorgar la política.
Para ser un buen alcalde, un alcalde de verdad se debe cumplir una ley: sentir esa ciudad en el alma de cada uno. Sentirla desde por la mañana hasta por la noche, hacer como el poema ese de Neruda que dice: Oh, América, cuando por las mañanas un nuevo día tuyo me penetra. El que no cumpla esto no será nunca un buen alcalde.
El PSOE anda buscando candidato para la alcaldía de Madrid y parece haber olvidado esto. No le importa la ciudad ni los ciudadanos, no le importa que a los ciudadanos madrileños les apetezca votar a un candidato que haya vivido en la ciudad, que la conozca, que la sufra que la ame y que la odie desde casi la infancia. Va de Señorón en Señorón y hace el ridículo por su poca efectividad y su poco respeto con la ciudad.
En los últimos años Madrid ha padecido alcaldes del Partido Popular, Gallardón me parece muy bueno en unas cosas y muy malo en otras, Álvarez del Manzano fue el peor alcalde que tuvo Madrid en su historia, pero con propuestas tan pobres como las socialistas salir de aquí va a ser tan difícil como terminar una de esas obras madrileñas, torturantes e inamovibles.
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Matanza Amish
Un loco se ha metido en un colegio Amish en Lancaster, Pennsylvania (EEUU) y se ha cargado de un tiro en la nuca a tres niñas, dejando heridas otras siete. El asesino, un camionero de 32 años, estaba casado y tenía tres hijas. Después de la matanza ha tenido el buen gusto de pegarse un tiro y abrir, una vez más, una nueva página en ese libro horroroso e interminable de las matanzas en los colegios.
Supe de la existencia de los Amish durante a un viaje a Pennsylvania acompañado del gran poeta Mills Fox Edgerton, me cautivó aquella gente. Eran como una especie de paz, un parón en el tiempo, una flor extraña, un algo distinto… En uno de los mercados donde los Amish venden sus productos, pude disfrutar de la visión de una niña maravillosa, única por su belleza y su forma de acompañar a su padre en su labor de venta. En estos mercados, los Amish venden más caro que ninguno y sin embargo siempre son los que más venden, su forma de trabajar seria y equilibrada, su honradez absoluta, los convierten en una garantía total en la compra alimenticia.
Los Amish no conocen la electricidad, ni el teléfono, ni la tecnología, son pacifistas, muy religiosos y en lo único que son capaces de incordiar a sus vecinos es en la torpeza de sus carros en las colas del supermercado. Ir por unas de esas enormes carreteras y cruzarse con una familia que transporta la leche en cuencos de madera es un milagro de los que no se olvidan.
Pero el hombre es capaz de cualquier cosa. Coger una pistola y meterse en un colegio, es sin duda la mayor de las salvajadas, la mayor de las cobardías. No lo hemos visto todo, matar a una niña Amish es matar toda la inocencia del mundo de una vez, de un tiro.
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Bartolomé Soler
El suyo era uno de esos libros que están siempre en la biblioteca de mi padre, siempre con sus tapas azules, su aspecto tímido y extraño. Uno de esos libros que están siempre pero uno no lee porque no le suena el autor y hay algo en su viejo aspecto que no promete nada especial. Hasta que la necesidad de lectura se hace más grande y uno agarra ese libro de tapas azules y título borroso: Patapalo. Así conocí yo a Bartolomé Soler. Después llego el asombro y la admiración. Después también la extrañeza de que su obra esté, hoy, en un terrible y absurdo olvido. Pero la literatura es así, que nadie lo olvide.
Bartolomé Soler nació en Sabadell a principios del sigo veinte, nació en un familia humilde y siendo muy joven abandonó su casa para viajar y viajar, llegó a América, y se encontró en Madrid allá por el año 1925, juntándose con toda aquella galaxia de escritores que vivían en la ciudad madrileña y que hoy añoramos largamente. En Madrid malvivió como pudo, y en 1927, después de pelearse con muchos y aguantar a no pocos, publicó su primera novela, Marcos Villarí.
Marcos Villarí, es una de las mejores novelas del siglo veinte y en su momento nadie dudó en asignarle un lugar de lujo. Fueron muchísimas las ediciones, las traducciones y situó al autor en un lugar de privilegio. No fue un éxito transitorio, y su bibliografía se fue llenando de títulos que fueron construyendo una obra intensa, empeñada en exaltar los valores humanos y ahondar en la debilidad del hombre y su lucha con la vida.
Es autor de libros como Tamara, una crítica a la sociedad rica madrileña de principios de siglo, Karú-Kinka, una novela sobre sus experiencias americanas, La vida encadenada, sobre la tragedia de un asesinato, o la ya citada Patapalo, la vida de un hombre lisiado y pobre que lucha, como una bestia, con el mundo que le rodea. Todos ellos tuvieron una buena acogida y algunos de ellos se convirtieron en auténticos best-seller, caso de Marcos Villarí, o Patapalo, que fue premio Ciudad de Barcelona, y Nacional de Literatura.
Y hoy no hay nada, absolutamente nada de Bartolomé Soler. Ninguno de sus libros puede comprarse en librerías normales (no de lance) y no figura en libros de ensayo, antologías, manuales, bibliotecas… Nada.
Bartolomé Soler murió en Barcelona en 1976. Sus libros parecieron morir con el. Mañana volverán a las librerías, estoy seguro.
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La Gran Sentada de Luis Aragonés, el Gran Sentado
Cuando hicimos el ridículo futbolístico en la pasada Eurocopa, Luis Aragonés dijo en la radio que había que hacer La Gran Sentada en torno a la selección española de fútbol, es decir, una especie de unión entre aficionados, seleccionador y periodistas para sacar a la selección adelante y colocarla a la cabeza de los equipos internacionales.
Semanas después se le nombró seleccionador nacional y de la Gran Sentada ha pasado en poco menos de dos años a ser el Gran Sentado. Ha construido un equipo apático y pobre que juega mal al fútbol y aburre hasta las moscas. Nos clasificó para el Mundial en la repesca y se puso como un Pavo Real cuando la selección ganó por goleada a un equipillo que jugaba por primera vez en un Mundial, poco más hizo España en Alemania. Y encima todavía tiene el mal gusto de decir que debimos ganar a Francia. Hace falta saber muy poco de fútbol para no entender que de 100 partidos contra Francia, ese día, hubiéremos perdido 99 y eso que nos regalaron un penalti, ¡menudo lujo!
Luis Aragonés lleva a los mismos jugadores de siempre porque no tiene valor de hacer nada atrevido o sorprendente, la selección juega como casi todos los equipos que ha entrenado Luis, aburridos y mediocres, sin capacidad goleadora y sin apasionar a nadie.
Con la Gran Sentada de Luis Aragonés nos quedamos sentados en el partido ante Francia y nos quedaremos sentados mientras otros, los de siempre, juegan la Eurocopa.
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He perdido cuatro puntos
Era yo un defensor completo del carné por puntos, y lo sigo siendo, y eso que hace unos días perdí cuatro puntos, así de golpe, como cuando uno cae en una trampa campera o circense, semejante a cuando uno pisa un charco y se estropea el traje. Sí, efectivamente, me salté un semáforo, o eso dijeron los policías que me multaron, yo la verdad no acabo de tenerlo muy claro y así pienso dejarlo escrito en mi recurso (nunca pedí revisión en un examen, pero las multas son distinto).
Lo que más me duele son los puntos. Para recuperarlos debo apuntarme a una autoescuela y hacer una especie de penitencia demostrando mi sensibilidad cívica y moral. Me imagino que eso será como volver al colegio y por eso me plantea tantas dudas, sobre todo teniendo en cuenta como me fue en el colegio. ¡Ay! es dramático, otra vez las expulsiones de clase, los nervios, el terrible aburrimiento, la necedad de los profesores, y encima mis compañeros ya no serán aquellos chicos maravillosos, únicos e irrepetibles que son mis amigos (y por supuesto mi mujer) sino otros pobres damnificados del carné por puntos que también se han saltado un semáforo, han bebido en exceso en la comunión de su ahijado o en la pedida de mano de su nieta (que antiguo queda esto de la pedida de mano y que absurdo es, pero se sigue haciendo, conste).
En aquellos pupitres del colegio escribí yo algunos de los poemas que más me gustan y que formaron casi en su totalidad mi primer libro, Una flecha hacia la nada. Quizá en los pupitres de la autoescuela, obligado a asistir y de mal humor como en el colegio, encuentre yo la intensidad lírica y la emotividad de aquellos poemas, para el caso: ¡vivan las multas!
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Los satánicos estafadores
Los Rolling Stones hacen una gran música, llevan haciéndola toda la vida y eso es digno de la máxima admiración, pero son unos cretinos integrales. Tienen toda esa arrogancia (tan peligrosa en nuestro tiempo) de creer que están por encima del bien y del mal y pueden hacer lo que les salga de las narices. Sus seguidores llevan años aguantando sus afonías, sus lesiones, sus ausencias y sus caprichos. Y cuando ellos compran las entradas, reservan los hoteles, organizan los viajes, saben que puede ser, perfectamente, para nada.
Algún fans filosófico me dirá que todo esto hace más hermoso y privilegiado asistir, por fin, a uno de sus conciertos. Bueno. Yo creo que su actitud es de una gran pobreza humana. Y encima que nadie espere una rueda de prensa, una explicación cariñosa y sufridora, algún gesto de humanidad para los que han dejado sus casas, organizado sus vacaciones… o por lo menos para todos los que han pasado horas, sudores y nervios, preparando las instalaciones, y adaptando la ciudad a un evento tan deseado.
La música hace dioses, como el deporte, el cine… pero que nadie lo ignore, son dioses falsos, a veces son muy buenos en lo suyo y muy malos en el resto, otras ignoran que el mejor músico tiene el mismo mérito que el mejor aparejador, el mejor químico, o el mejor masajista, por ejemplo, aunque estos nunca dejen solos a sus seguidores y sin la mejor música a ciudades enteras.
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Fuego en Galicia, enfermedad, obsesión, o negocio
Ni el mismísimo Stephen King podría diseñar un argumento tan terrorífico como lo que está ocurriendo en Galicia. Y es que verdaderamente está más cerca de una novela de terror que de un acontecimiento de nuestro tiempo. Varios días llevo pensando en todo esto y no consigo entender nada. Esa cantidad atroz de incendios, siempre provocados, que están dejando Galicia en un estado doloroso y desértico. Una tierra única en su belleza que puede desaparecer en manos de sus propios vecinos, de los que más la han amado siempre.
Y ante la incomprensión absoluta no podemos dejar atada a la imaginación. A veces parece como si existiera toda una extraña enfermedad entre sus habitantes, una enfermedad que provocara la necesidad del fuego o algo así, son ya varios los que han visto provocar fuego de repente y de la mano de personas aparentemente jóvenes, inocentes… una enfermedad, una obsesión, un juego macabro de esos que ya han causado muertes y aberraciones cuando se han salido de madre. Quemar es fácil. Llegar a un estado en el que necesites hacerlo implica un deterioro mental enorme, pero peores cosas hemos visto.
Y luego está aquello de la organización, lo escuché en boca de un gallego al principio de los incendios y no creí, ahora me está empezando a parecer posible. Tantos incendios, de forma tan insistente, en estas fechas… en lugares de difícil acceso… parece el convencimiento macabro de todo un grupo organizado y certero que persigue un fin, un objetivo que desconocemos pero que nos invita a pensar en algo de poder y dinero.
Llegará la lluvia y lo cambiará todo. Muchos bosques ardidos tardaremos años en volverlos a ver con su vida y su alma de siempre. Enfermedad. Obsesión. O negocio. A los que han perdido su casa les importará poco las razones del loco, pero si queremos que esto no se repita, nuestros políticos tendrán que poner muy muy cara la mano en la cerilla o el mechero.
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La excomunión de Gallardón
Me pregunto cual debe ser la ceremonia por la que un hombre queda trágicamente excomulgado. Supongo que se recibirá en casa una carta como aquellas que te anuncian una multa o una falta de pago. En este caso no se puede recurrir y la circunstancia no solo es dolorosa o trágica, también resulta muy poco conveniente en el caso de quedar enterados vecinos u otros compañeros de partido. O quizá se emplean otro tipo de maneras, y en las iglesias existe un identificador divino que no te permite el paso, es semejante a los casinos cuando enseñas el carné de identidad y no te dejan pasar, te tienes que quedar en la puerta, esperando a que tus amigos se jueguen tu ilusión y tu dinero.
Supongo que tras este artículo recibiré en casa la carta y me extraña no haberla recibido con la publicación de algunos artículos anteriores, ya no podré ir a las bodas, me quedaré en la puerta que en el fondo es lo que hago desde hace años, y miraré pasar a las mujeres que sin ser una reconocida religión, puede alegrarte la vida tantas veces…
Quizá en una de esas memorables estancias a las puertas de una iglesia me encuentre con el mismísimo alcalde de Madrid, él estará en estos momentos recibiendo la carta fatídica por casar a dos señores homosexuales. No trataré de explicarle lo maravilloso que es que dos hombres o mujeres que se quieren puedan ser ya un matrimonio, porque el hecho de haber llevado a cabo la boda nos deja claro que esta es su verdadera opinión. Sospechaba yo que en el Partido Popular las irracionalidades absolutas son muchas veces imposiciones personales y los hay con una mente más abierta y avanzada.
Divina y divina la excomunión porque le ha permitido hacer felices a dos amigos y encima ir preparando el caminito para las elecciones del año que viene.
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Zapatero y Miguel Ángel Blanco
No sé donde estaría Zapatero cuando el terrible secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, yo estuve con mis amigos en la Puerta del Sol, viviendo en nuestra propia carne una tragedia muy difícil de olvidar. Pocas situaciones he vivido tan llenas de intensidad, emoción y esa especie de rabia que se me puso en la garganta y no había experimentado hasta entonces.
Cuando hace unas semanas vi en la televisión a los asesinos de Miguel Ángel Blanco reírse ante la cara de la hermana y la madre de Miguel Ángel, me volvió al cuerpo aquella sensación, aquel ahogo de rabia y de impotencia. Fue terrible ver como la familia de Miguel Ángel abandonaba la sala… terrible, y eso que sabemos como las sonrisas de los asesinos son sólo la pobre mueca del perdedor, algo así como las colas de las lagartijas, que separadas del cuerpo, aún se mueven de forma colérica y agonizante.
Y después pensé en todo esto de las negociaciones. Definitivamente me parece jugar a un juego en el que sólo pueden perder los que han querido siempre la paz y la democracia, o sea, nosotros. Entre otras cosas porque por más que pienso y pienso no encuentro nada sobre lo que podamos negociar. No hay en el entorno de ETA nada parecido a una astillita de remordimiento, ninguna necesidad de pedir perdón, y no hay tampoco ningún deseo de abandonar las armas y afirmar su intento de respetar a todos los vascos que no piensan como ellos. El resto parece venderles unas paz que nos merecemos de forma gratuita y que debería ofrecerse al mismo tiempo que el arrepentimiento y el deseo de cambiar.
Y revolviendo en el tema de Miguel Ángel Blanco también tenemos al Partido Popular, que no sabe como sacar provecho a sus héroes y hace el ridículo cada vez que puede. Lo del famoso video y lo de la rosa socialista con la serpiente etarra es para llorar o tomarlo a broma, ellos mismos demuestran con todo esto su opinión sobre el respeto, la ética, la educación, o como mínimo el buen gusto.
Así que seguimos como siempre, unos quieren ser demasiado buenos y acaban pareciendo tontos, y otros son demasiado tontos para parecer buenos.
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Los accidentes de tráfico tienen solución
Lo de los accidentes en la carretera después de un periodo de vacaciones es terrible, terrible, algo desolador que pone de manifiesto el entorno tan consumista y miserable en el que vivimos. Nuestros políticos prohíben sólo lo que les da beneficios y miran a otro lado cuando las acciones a ejecutar no dan dinero o molestan a los más enriquecidos.
Porque los accidentes de tráfico podrían solucionarse con cierta facilidad, y no hablo de todo ese montaje publicitario, teatrero y superficial, lacrimógeno y patético de los anuncios donde se estrellan los coches y un chico le dice a otro: tío, tío, nos pasamos de copas. Las imprudencias las hacemos todos, es como cuando te dejas las llaves, como cuando dices una barbaridad, no te das cuentas, estás pensando en otra cosa y ¡zas! te has equivocado, contra esto no sirven los anuncios. Y beber, pues sí, yo creo que cada vez se bebe menos al conducir pero todos hemos conducido bebidos alguna vez, todos, todos, yo el primero, una noche volví en moto completamente borracho, curiosamente me vio un policía y no me paró por no quitarme el carnet de conducir para siempre. ¿Sabía yo el riesgo que corría? pues sí, pero ya lo digo, estaba borracho y quería volverme a casa, nada más.
Digo que la solución es intervenir en el motor de los coches poniendo unos topes de velocidad, si los coches no pueden pasar de 80 kilómetros, entonces no hay accidentes. Tardaríamos más en llegar a nuestro destino, cierto, pero llegaríamos todos o casi todos, que en el fondo es lo importante.
Y si no, la solución china, ¿saben cuantos accidentes hubo en China durante el último periodo de vacaciones? Ninguno. Las carreteras, que son enormes, tienen peajes cada noventa kilómetros, allí registran el tiempo que has tardado en hacerlos y si lo has hecho más deprisa de lo que marca la velocidad, tienes que esperar a que te llegue el momento y poder seguir. Así calculan mejor el tiempo y las velocidades, viven más tranquilos y no tiene que soportar esta tragedia de volver siempre menos de los que salimos de vacaciones.
Al modo chino o al modo que sea, pero el problema del coche y las carreteras hay que solucionarlo.
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El acuario
Un amigo me ha regalado su acuario y aquí está, al lado de mi mesa, lleno de agua, con los productos químicos que me han vendido en la tienda, esperando que pase una semana para llenarse de peces y de vida. Me dicen que es todo una aventura esto de los peces, y para mi va a ser como recobrar un segundillo de cuando yo buceaba y pasaba horas y horas contemplando su vertiginosa luz. Bucear era maravilloso, era como descubrir un mundo nuevo e irreal, algo lleno de belleza, emocionante, como un tesoro que viene y no viene, según las mareas.
Y ahora en pequeño lo voy a tener en casa, veremos si los peces son capaces de sobrevivir en este cuarto, lleno de fotografías, papel y libros de otro tiempo. Veremos como llevan hacerse grandes viéndome a mi por la ventana, colocando la comida, el filtro, la temperatura, el ph, la luz... sufriremos juntos, ellos por comer todos los días y yo por atenderles como un magnífico anfitrión, orgulloso y cívico.
Esperemos que pueden hacerse fuertes, soportar mis viajes, mis dolores de cabeza, mis rechazos del mundo, mis ausencias, mi ansiedad... esto nos hace pensar en las alturas, en aquellos que consideramos por encima nuestro, hasta en Dios si nos ponemos místicos y espirituales. Cada uno hace lo que puede y empieza sus labores con la mejor de las intenciones, pero después las circunstancias, los errores, el aluvión de la vida nos convierte en interrogantes a veces absurdos, miedosos y equivocados.
Mis peces serán como yo, nadaremos juntos, después la marea de la vida hará lo que quiera.
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La moto
Recuerdo bien mi primera moto, una Puch X-40 que apenas corría pero que pudo enseñarme ese vértigo pequeño y fabuloso, esa extraña sensación de vivir los vientos y los caminos. Y la segunda, una Puch Minicross, amarilla, fantástica, dura y fiel, poderosa en sus cuarenta y nueve centímetros cúbicos... debajo de su asiento, junto con algún trapo y algunas herramientas, ya escondí mis primeros poemas. Con ella me iba al campo y pasaba horas recorriendo aquellas zonas mías de la sierra madrileña. Recorrí tantos y tantos lugares, nunca me falló. O la tercera, una Derbi, también de campo, pero tan alta que apenas llegaba yo al suelo, más delicada y moderna que la anterior, más rápida y vertiginosa, en aquella subió mi mujer sus muslos de dieciséis o diecisiete años. Me la tuve que traer a la ciudad y parecía un elemento extraño de pueblo que mantenía su estilo y su rareza.
Y aquella Vespa blanca y torpe, de segundamano, tozuda y rancia, no conseguí que arrancara tres días seguidos. Y la negra y urbana, una Peugeot con la que iba y volvía de la universidad, con ella descubrí los lugares más recónditos de Madrid, estaba en todas partes, llegaba a todos los lugares siempre demasiado pronto. En uno de aquellos viajes, creo recordar que de camino a una librería, un coche cambió de carril sin mirar y aún me duele un poco el pie cuando cambia el tiempo, me lo rompí por dos sitios y el talón por otros dos. Antes de dejar las muletas, volví a subirme a la moto. Y la de ahora, gris metalizada, heredera de otra igual que me robaron una mañana de julio al salir del trabajo.
La moto es un placer irrenunciable, algo difícil de explicar a los que nunca lo han probado, es como volar, como ir a cualquier parte sintiendo las calles, el viento, el aire de la primavera, y porque no decirlo, esa lluvia que te obliga a cerrar los ojos. No ignoro la peligrosidad de todo esto, yo por eso soy de motos pequeñas, lentas y urbanas, y es que no se trata de vivir la velocidad, se trata de sentir lo que nos rodea como en un asiento de espectador cómodo y diferente.
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ETA y nosotros
Debemos explicar a la gente joven y a los muchos que han venido en los últimos años a España el enorme sufrimiento que hemos arrastrado en el corazón por culpa de ETA. Para los nacidos en la mitad de los años setenta, ETA fue la verdadera pesadilla de nuestra infancia. Podríamos contar tantas cosas, todos guardamos recuerdos que nos hielan la sangre. Yo recuerdo varios, pero hay uno que todavía me conmueve al recordarlo, estábamos en el mes de junio y los de siempre teníamos que hacer los exámenes finales, aquellos que nos podían salvar de Septiembre. En esa ocasión era una asignatura fácil y estábamos pendientes de examinarnos seis o siete de diferentes cursos, el examen empezaba a las nueve de la mañana y a las ocho y cuarenta ETA puso una bomba a escasos metros del colegio, concretamente en la calle Francisco Silvela. Llegamos todos los examinados menos una chica, había ambulancias, policías, nervios, indignación, pasaban los minutos y la chica no llegaba... entonces la profesora pensó que podía ser una de las varias víctimas del atentado, se quedó blanca, y le dio un auténtico ataque de nervios, andaba nerviosa por la clase, comentaban con otros profesores, nos preguntaba por el camino que recorría nuestra compañera desde su casa... cada vez más asustada se fue al despacho del director y llamó por teléfono a la chica, desde la clase pudimos oír decirle a nuestra compañera que no importaba su ausencia, y que ya se examinaría en Septiembre, volvió al aula llena de tranquilidad. Sin embargo en esa esquina de la calle Francisco Silvela hay una pequeña placa con un nombre y casi siempre un ramo de flores, alguien faltó al examen en otro trabajo u otro colegio.
Y es que el estado de ánimo de todo el país se venía abajo después de cada asesinato, aquello de la depresión colectiva lo conocemos los españoles como muy pocos en el mundo. El recurso siempre pobre y anémico de la operación Jaula (¿funcionó alguna vez?) los políticos con voz llorosa llamando a la valentía y la unión ideológica, los periodistas no pudiendo refrenar sus ansias de trabajo y grabando a la mujer de Tomás y Valiente desfallecida por la tragedia, o al padre de Miguel Ángel Blanco que al volver del trabajo se encuentra la puerta de su casa atestada de periodistas... todo lo hemos visto desde nuestras casas sin saber muy bien que decir, que hacer, contra quien luchar. También recuerdo cuando poco antes de un Real Madrid-Barça explosionaron una bomba a muy poca distancia de mi casa. El estruendo fue enorme, se movió todo el edificio, por un momento pensé que se vendría abajo. Antes de poner la radio ya sabía que había sido un atentado de ETA. Teniendo en cuenta su intensidad y sabiendo que el partido tendría las calles llenas de gente pensé en una verdadera matanza, bajé a la calle y suspiré al saber que no había ningún herido. Pero cada vez que en España escuchamos una explosión fuerte, nos miramos unos a otros con la expresión del miedo y la incertidumbre. Después aquellas manifestaciones multitudinarias, tremendas, bajo la lluvia, el frío, la soledad y el desastre. Cuando el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco estuvimos tres días con el alma en vilo, era verano y la ciudad padecía una conmoción. Pasamos horas y horas en la Puerta del Sol, a las cinco de la tarde, la hora indicada por los terroristas, las televisiones hicieron una parada en sus programas, y aunque en la calle circulaba el rumor de que lo habían soltado, muchos sabíamos que en ese momento estaban matando a un hombre. Después otra vez a soñar sabiendo que una brizna de vida quedaba en el cuerpo de aquel chico, los médicos del hospital parecían querer quitarle la angustia a todo un país salvando a Miguel Ángel, pero cuando te disparan de esa manera... Creo que aquello nos hizo ver a todos las cosas de forma diferente, seguramente hasta los mismos terroristas, que por una vez, por una vez sintieron miedo, soledad, pánico y muy posiblemente vergüenza.
Ahora ETA, representada por tres encapuchados, nos anuncia su alto el fuego permanente, bueno, no debe ser esto motivo de alegría sino de esperanza, quien ha creado tanto dolor no merece ni una aquiescencia. Los que empiecen ahora a trabajar en esa posible negociación deberán tener presente la trayectoria de la banda terrorista y el nefasto resultado que dio la última tregua de ETA. No olvidar que los que pacten, los que salían hoy en la televisión encapuchados y grotescos, hablando, ¡Ay, ay! ¡de Democracia!, son los mismos que ponían las bombas y apretaban el gatillo. Si Rodríguez Zapatero no tiene valentía, lucidez y temple (algunos buenos amigos míos aseguran que lo tendrá) los miembros de ETA le robarán la cartera, reagruparan a los presos, legalizaran los partidos, aumentaran su dinero y volverán a matar.
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Elogio del botellón
Meterse con la gente joven es lo fácil. Esta frase: los jóvenes de ahora... Y es errónea, porque los jóvenes de ahora son los jóvenes de siempre, cambian las cosas, las ciudades, la política, pero el hombre es el mismo y a cierta edad son pocas cosas las que interesan: divertirse, conocer, arriesgarse, saltar un poco, buscar todos los colores del tiempo y de la vida.
Yo no viví el botellón, sin embargo a mi grupo de amigos nos gustaba sacarnos las copas del local y bebérnoslas tranquilamente en la calle, en un parque, apoyados en un coche, aquello tenía más encanto, la música no nos impedía poder hablar y además se establecía un orden distinto con el entorno, con las calles, con los lugares donde bebíamos, era hermoso ver amanecer en aquel parque oscuro y romántico del barrio de Bilbao. Y el botellón de ahora es esto pero comprando la bebida en una tienda porque en un local es imposible. Al fin y al cabo en la calle te ves las caras, huyes del humo y del ruido, y de vez en cuando puedes mirar al cielo y ver las estrellas o la luna. Aquellas discotecas en donde yo he pasado tantas horas eran verdaderas cuevas, no podías hablar, y llegabas a casa con un olor pestilente en la ropa y un extraño y desagradable pitido en los oídos.
El botellón genera ruido y basura, es cierto, pero también generan basura, ruido y peligrosidad los estadios de fútbol y nadie ha pensado nunca en prohibirlos, los ciudadanos lo saben y viven con ello, nada más. El ayuntamiento lo sabe y establece un servicio especial de limpieza y saneamiento cuando termina cada partido, nada más.
Prohibir el botellón es hacerlo más mágico, más necesario. Que elijan los de siempre.
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Negociar con ETA
Es delicado el tema porque hay mucha sangre y mucho dolor detrás de todo esto, dolor digo el de todos los españoles que hemos vivido con una gran angustia la sinrazón enorme e inmensa del terrorismo de ETA. Yo he pensado mucho en esto y no tengo claro ninguna cosa. Por un lado piensa uno que el deseo es terminar con ETA y si para ello hace falta cruzar palabras, sentarse, delimitar los espacios y yo que sé que otras cosas, pues a lo mejor es posible. Pero por otro tenemos la certeza de que ETA no tiene ideas, ni deseos, ni razones, sólo la mano en la pistola y los deseos de reagruparse cuando el esfuerzo de todos los ha hecho más pequeños. Y además, negociar, ¿sobre qué? los miembros de ETA que han asesinado a sangre fría, por detrás, en la oscuridad de los callejones, tienen que estar en la cárcel hasta que el reuma los doble las piernas, como poco, y el camino político o negociante no ha sido nunca brazo lógico del terrorista.
Definitivamente no, no quiero que se negocie con ETA. Pero tampoco quiero que se organicen manifestaciones contra planteamientos que no son del todo reales, que se use a las victimas del terrorismo como llave política y medio de captar votos y que se den por hecho posturas políticas no reales.
La manifestación del sábado, organizada por las víctimas del terrorismo, es sólo política. Y no sé que puede llevarles a las victimas hacia todo esto, si es el miedo a que realmente se negocie con las personas que tan injustamente les han causado tanto dolor, me callo y cambio de tema, sin embargo, si hay un intento político de favorecer a quien está más cerca de sus intereses políticos, entonces prefiero buscar una novela del siglo diecinueve y no pensar demasiado.
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Un año sin el Windsor
Las cosas tienen todas una importancia relativa ya se sabe, nunca llueve a gusto de todos y lo que unos adoran no será difícil encontrar quien lo ignore o lo aborrezca. Cuando el año pasado se quemó el edificio Windsor yo estaba de viaje, me enteré en un autobús y vi las imágenes en un restaurante, a eso de las doce de la noche.
Aquellas imágenes me impresionaron y tuve que coger el teléfono y hacer unas llamadas porque no parecía posible aquello que veía en el televisor, no eran horas de usar el teléfono pero es que estaba ardiendo el ¡Windsor! y mientras algunos se reían en el restaurante yo estaba viendo arder todo un símbolo de mi infancia, era como la caída de un viejo amigo por el que ha pasado toda tu vida y de repente te dice adiós mientras lo contemplas lejos de tu casa.
Verán, la casa de mi padre está a un lado del edificio, y la del padre de mi mujer, al otro. El Windsor estaba siempre en medio y cuando era niño lo mirábamos como una especie de gran monumento, una fiesta de cristales y luces, nos parecía el edificio más moderno del mundo, éramos muy ingenuos, cierto, pero el Windsor tenía un aire muy tierno de ciudad que quiere crecer a pesar de todo. Veía el Windsor desde el portal de mi casa, veía el Windsor desde la ventana de las clases del colegio, caminando hacia los exámenes o volviendo del amor, tantos años.
Terrible metáfora la del fuego. En un segundo, en unos minutos, en una noche de viaje, autobús y hotel, se vuelve cenizas el edificio, la vida y el poema.
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La piedra de plata contra la soledad
Decía Neruda que los poetas somos especialistas en inventar negocios disparatados e imposibles, de esos que parecen una fiesta de millones al principio pero que luego siempre se quedan en pólvora mojada y yerma.
Debe ser eso y el nombre, tristemente, en lo que más me parezco al genial poeta chileno. Yo he inventado un montón de negocios, siempre entre lo poético y lo imposible, y la gran mayoría de ellos ni siquiera han llegado a salir de mi imaginación o de este ordenador en el que escribo.
Uno de aquellos negocios me gustaba especialmente y nunca sabré si era una especie de poema salido de madre, o un negocio imposible que por lo raro y hermoso, podría hacerme millonario. Se trataba de La piedra de plata contra la soledad, y era un sencillo colgante, con una pequeña piedra de plata que debían llevar colgada al cuello todos los que se sienten solos, o viven ansiedad, depresión, angustia, todas esas heridas tan profundas del alma.
Se establece así una especie de comunicación imposible y fantástica, la piedra de plata cerca del corazón de cada uno, sirve para juntar a los que, por tantas razones, sienten la soledad en el fondo de su vida. Se parece a un talismán compartido y secreto. Una ayuda de nadie que también es como una palabra de amistad dicha por muchos, una pequeña ventana para saber que nadie está solo del todo y que a otros tantos les duele el mismo sitio.
Yo no puse en venta este artículo y seguramente no lo haré nunca. Pero durante los últimos meses me he puesto algunas veces La piedra de plata contra la soledad, y sin sentirme mucho mejor (no es necesario creer en los milagros), he estado más cerca de los que también llevaban encima la herida del amor, la de la muerte o la de la vida.
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Domingo en misa
Paseaba yo esta tarde por mi barrio, donde sólo llevo viviendo unas semanas, y me encontré de pronto con un grupo de personas saliendo de misa. Algo tristes, agazapadas por este invierno no demasiado frío... me pregunto cuantos años lleva repitiéndose esta estampa: familias que salen de misa con el peso en la espalda de otro domingo que termina crepuscular y aburrido.
Yo perdí la fe bastante pronto pero no obstante me he tragado bastantes de esos domingos de misa tradicional y plúmbea, monótona, donde la melancolía nos lo llenaba todo por dentro. Supongo que el creyente vivirá esto de otra manera y saldrá de misa lleno de ilusión y esperanza, aunque la verdad es que los rostros y las expresiones no delatan esto precisamente.
En la Iglesia a la que iba yo de niño, situada en la Plaza de los Sagrados Corazones, la misa de ocho los domingos era tan triste como oscura y solitaria es el templo. Íbamos de vez en cuando, porque al final se cantaba la Salve en latín y a mis padres les gustaba. Sólo recuerdo con alegría dos momentos: cuando había partidos de fútbol y se oían desde dentro los cánticos y la alegría de los aficionados. Y especialmente una vez que entró una mujer, famosa en el barrio por estar loca, y se tumbó en el frío mármol crucificada, imitando un cristo que colgaba del techo, nadie, ni siquiera el cura pudo dejar de mirarla hasta que abandonó la iglesia.
Lo demás, la tristeza aquella de esperar el lunes, el miedo a algún examen, y el sueño de un tiempo sin ataduras y sin sermones.
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Telefónica ¿Qué pasa?
Cuando yo era niño Telefónica era una de esas empresas inevitables, era lo que había, funcionaba regular tirando a bien y hoy algunos añoran aquellos enormes teléfonos grises que pesaban como plomo y sonaban a campana vieja.
Luego llegaron los anuncios de futuras competencias y por unas causas o por otras, Telefónica vivió unos años de esplendor económico, fiabilidad, orden, y competitividad en su trabajo. Llegaron las nueva empresas de telefonía pero ninguna parecía poder alcanzar a la que era de toda la vida y nos sonaba bien aquello de: más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer, máxime si pensamos que los cables y las líneas eran propiedad de telefónica y cualquier huida era imposible.
Pero desde hace unos meses la forma de trabajar de Telefónica es poco menos que insultante. Primero es una empresa fantasma, de esas que solo existen a través del teléfono, segundo sus telefonistas son tan educadas y conciliadoras como incompetentes y falsas; tercero, cualquier cambio de línea, reparación, cese, revisión del contrato que un usuario quiera hacer, se convierte en una especie de tortura entre llamadas en espera, buenas palabras, y esperanzas absurdas en que todo se solucione en el periodo de tiempo que los telefonistas aseguran. Tiene uno la impresión de que nunca llegara el momento de que se ocupen de él porque están las líneas saturadas, o las cabezas, o las ganas de trabajar.
No nos merecemos una empresa de telefonía capaz de tratar con tan poca consideración a su larguísima lista de clientes. Y eso sí, cuando se trata de pasar la factura, funcionan como en sus tiempos mejores.
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Leopoldo de Luis
Si tuviera que elegir un lugar donde he sido feliz en los últimos años, tendría que nombrar, lleno de certeza, la casa del poeta Leopoldo de Luis. Con nadie he disfrutado tanto hablando y hablando de poesía. Leopoldo llevaba aquel maravilloso siglo XX en los bolsillos; y no le costaba ir sacando de su maleta momentos entrañables con Vicente Aleixandre, Miguel Hernández, Carmen Conde, Gabriel Celaya, León Felipe... tantos poetas le quisieron... Yo escuchaba y escuchaba a Leopoldo, venga a preguntarle por el aspecto real de Miguel Hernández, por Vicente, por aquellos años 35 o 36, por los cuarenta, por la poesía social.
Y no sólo hablábamos de los poetas más reconocidos, también era magnífico preguntarle por autores de gran interés que sin duda no ocupan el lugar que merecen, por ejemplo Ramón de Garciasol, Antonio Oliver, Ángela Figuera.... a todos los había leído, de todos tenía una idea clara de su obra y de su persona.
Y luego su poesía, Leopoldo escribió algunos libros extraordinarios, aunque yo por razones personales me quedo con su último libro: Cuaderno de San Bernardo, hay libros llenos de humanidad y talento: Alba del hijo, Teatro real, Igual que guantes grises... hay en Leopoldo una voz clásica y una claridad que le hacen diferente a muchos autores.
¡Ay!, Leopoldo se nos ha ido, yo me quedo con todas las tardes que pasé en su compañía, y con sus versos. También con su ejemplo: amor a la poesía y una absoluta honradez.
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¡He vuelto!
Después de la tormenta llega la calma, lo malo es que no sabemos cuando termina realmente la tormenta, si es que realmente termina, y que tipo de calma es la que necesitamos. De verdad que he vivido estos años en una auténtica tormenta, y en el camino de tanto huir, de tanto querer escapar, me dejé olvidado mi hotel de palabras.
Pero he vuelto, estoy frente al ordenador, mirando la luna de la página en blanco y dispuesto a lanzar todas las noches una botella de naufrago en este océano frío y tórrido de Internet.
Durante este tiempo de ausencia me han pasado demasiadas cosas, he perdido a mi madre dos veces (una ya fue demasiado) me he casado (lo mejor sin duda), he cambiado en tres ocasiones de hogar (a nadie se lo recomiendo) y he sabido que los regresos suelen ser siempre decisiones acertadas.
Escribiré sobre lo que me pase y sobre lo que piense, me meteré menos con los demás, recodaré a los amigos que he perdido en el camino, citaré los libros que me conmuevan, y asistiré, con los viajeros que lleguen al hotel, a este maravilloso y terrible tren de la vida, tan rápido y tan sublime.
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La Caixa, ¿hablamos?
Desde que empezó a tener un cierto protagonismo, a mediados del siglo XIX, la publicidad no ha dejado de crecer y de ocupar un espacio mayor en nuestra sociedad. Hoy en día es el eje principal de la televisión, de la radio y de los periódicos. Los medios de comunicación viven de la publicidad y como dijo un filósofo, la publicidad es la verdadera programación y la verdadera noticia de los medios (ya que sin ella no podrían subsistir).
A mi me gusta la publicidad. Y es que se ha convertido en un arte, en una forma más de poesía, de pintura, de cine y de ingenio. Pero hay situaciones que deforman tanto la realidad y de una forma tan cruel que a uno se le cambian todos los papeles. Porque además con la publicidad no se mete nadie, no lo hacen los periódicos porque viven de ella, no lo hacen las televisiones, y las radios por lo mismo.
Desde la publicidad, vemos, en algunas ocasiones, como se insulta y se humilla a una sociedad que tiene que aguantar desde su pequeño sillón y cambiar de canal como única arma posible. En este caso me refiero a un anuncio televisivo que ha puesto en circulación, La Caixa. En este anuncio un señor educadísimo se preocupa y ofrece sin mayores problemas un préstamo económico, en otro caso una agente de La Caixa se desplaza hasta las obras de su cliente y se interesa por su proyecto, en otro anuncio un empleado de La Caixa explica lo importante que es comprar un coche más grande y las facilidades expuestas encima de la mesa.
Tratándose de un préstamo, de una hipoteca, que muchas veces se hace con la única idea de encontrar un lugar donde dormir, donde vivir, hace que uno se sienta tratado como a un tonto. Porque todos sabemos las dificultades, el trato, y la dinámica de bancos y entidades para conseguir un préstamo, todos sabemos de la necesidad absoluta de las nóminas, de los contratos fijos, de los salarios cómodos, de los avales. El anuncio está tan lejos de la realidad que se vuelve un extraño insulto.
Me pregunto si de verdad eso es publicidad.
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Amparo Gastón y Gabriel Celaya, una historia de amor
El poeta Gabriel Celaya y su mujer, Amparo Gastón, vivieron una de las historias de amor más hermosas del siglo XX. De esas historias que cuando pasan los años nos siguen llenando el cuerpo de admiración y asombro. El amor mueve montañas, dicen algunos, no lo sé, pero la poesía Gabriel Celaya fue capaz, en su momento, de mover muchas cosas, y no hubiera sido posible sin su mujer.
En su maravilloso libro, Memoria de la melancolía, María Teresa León, escribe que el premio Nobel de Juan Ramón Jiménez se lo tenían que haber dado directamente a Zenobia Camprubí. Gabriel Celaya no ganó el premio Nobel, pero si el amor de muchísimos lectores, también tendrían que querer ellos a Amparitxu.
Cuando Celaya conoce a Amparo, ella es enfermera de un dentista y él directivo triste, solitario (aun estando casado), y acobardado de una fábrica familiar. La relación con ella le devuelve (¡y de qué manera!) los deseos de vivir. En poco menos de dos años crean una editorial, publica más de cinco libros propios, escribe sin pausa y se marcha a Madrid dejando la fábrica, la familia, el orden, y la estabilidad para siempre. Se marcha para dos cosas, vivir de la poesía y del amor, nada más. Trabaja como muy pocos y deja una obra que puede no pasar hoy por su mejor momento, pero nadie la sitúa fuera de las más influyentes y esclarecedoras del siglo pasado.
Solo los grandes poetas lo dejan todo por el amor y la poesía.
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Serrat Jardin
Serrat no es moderno ni antiguo, es Serrat. Lo hereda uno de sus padres, como el cuadro, el sillón, la cadena de plata y las gafas viejas. O lo descubre como una calle, un viejo cuadro o un amigo. Serrat está siempre escondido en una canción y se hace verdad para que podamos verlo, para traernos de la mano la chica que no supimos amar, la noche de otoño y ese álamo de la estación donde esperamos el tren que no llega, el poema que no escribe, la raíz que no será árbol ni ceniza ni palabras.
Serrat ya es una calle, un objeto, una costumbre, una enfermedad loca de los oídos, una necesidad de los veranos, una lógica mediterránea, una borrachera de los amigos, una parada eficaz en el viaje, un ocaso, una bufanda, un poema de los de Machado, la religión de Miguel Hernández, el maniquí de cartón piedra que nos sonríe todas las mañanas y nos recuerda todas las noches.
Serrat es un naufrago y un naufragio. Un solo y un solitario. Un rey y un esclavo. Una hoja y un papel. Una voz y un silencio. Un final y un principio.
Si se pone, construye un pájaro. Si se pone, hace un jardín.
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Emilio Prados
Los años no pasan por la poesía de Emilio Prados. Su sentido del ritmo, su voz, su originalidad, esa forma de aislarse en cada poema, esa forma de buscar el interior, de escribir desde el pulso de los árboles, desde el ánimo de las alamedas... la obra de Emilio Prados es una de las más emocionantes y perfectas del siglo XX. Una poesía que se hace más difícil según avanza, porque los finales son complicados, pero que siempre encuentra un margen de luz, una hoguera al final del túnel.
El Emilio Prados de la Residencia de Estudiantes, ese que Lorca encontró cazando nubes con un espejo, que se peleaba con sus profesores y se enamoraba de todos los genios (Lorca incluido). El Emilio Prados que viaja a Alemania y descubre la filosofía, el concepto y el trabajo. El Emilio Prados que crea la revista Litoral y construye los cimientos de la generación de poetas más importante de los últimos años. El Emilio Prados que le da a la generación del 27 una salida editorial y promocional, sin la que no hubiera sido lo mismo. Algunos de los libros más importantes de la época no hubieran salido a la luz sin su empeño y su voluntad. El Emilio Prados de la crisis y la tristeza, que abandona su editorial, su imprenta, y se dedica a pasear, a dormir en las Iglesias, a enseñar a los pescadores que no sabían leer ni escribir. El Emilio Prados de la Guerra Civil que organiza la base literaria de los republicanos, escribe romances llenos de vida y redacta el Romancero de los combatientes. El Emilio Prados del exilio, que camina entre la tristeza y el autismo, entre la ternura y la desolación, que hace de la nostalgia un Jardín cerrado, y lo llena de rosas que su vuelven ríos y manzanas.
El Emilio Prados que muere silencioso, en un pequeño apartamento mejicano lleno de fotos, con el dibujo de Málaga como un mapa y un caudal. En todos los Emilio Prados hay un poeta de los que nacen para hacer de la poesía un milagro único, una manera inagotable de comunicación, un silencio que llena los oídos, un grito para cada sangre.
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El Sabio de Hortaleza
Solo sé que no sé nada, dijo un sabio de los de antes. Los sabios de ahora son de Hortaleza y siguen sin saber nada, pero no paran de hablar y de extender su doctrina con el orgullo y el aura de sabio que les atribuyen. Tienen mal genio lo sabios de ahora, se enfadan continuamente y siempre hay que estar preocupado por su mal humor, su simpatía escasa, y sus pocas ganas de agradar a nadie.
El Sabio de Hortaleza se llama Luis Aragonés y es entrenador de fútbol, lleva toda la vida trabajando y nunca ha conseguido gran cosa, ha estado en mil equipos, ha llevado mil camisas y sus logros se pueden contar con los dedos de la mano, de una mano.
Pero siempre tiene que ser noticia, siempre hay que estar pendiente de los sufrimientos, los malos humores, los desconciertos y las sabidurías del sabio. Cuando no agarra a un jugador de la camiseta y le grita delante de todos, se enfrenta al público y parece querer pegarse con los que no opinan como él, como si eso fuera lo que hace sabio al sabio. En el fondo parece interpretar un papel y estar enamorado de las cámaras y los papeles de protagonista, siempre de protagonista.
Existiendo varios Sabios de Hortaleza, lo sabios de verdad deben estar escondidos, avergonzados tal vez, sin saber muy bien en que lugar esconderse.
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Los políticos nunca pierden
Me gusta el deporte porque siempre hay un vencedor y un vencido. No hay formas de disimular la realidad y cuando termina una competición sólo quedan las medallas sobre el pecho de unos y la decepción en el rostro de otros. En el deporte gana el mejor, salvo en contadas excepciones (nuestra selección española de fútbol es la gran excepción que confirma la regla).
Pero en política nunca pierde nadie. Todos son capaces de levantar las manos y compartir su victoria con sus seguidores y sus compañeros. Durante las noches electorales sólo vemos abrazos y felicitaciones, poco más. Únicamente cuando el desastre es de grandes magnitudes y un partido político está a punto de desaparecer, se ve a los políticos con el rostro de la decepción y de la derrota.
En estas últimas elecciones nadie asume una derrota porque nadie ha perdido, unos tienen más votos y otros más concejales, unos recuperan ayuntamientos y otros celebran nuevas incorporaciones. A unos les parece que están en el camino definitivo para conseguir sus objetivos y otros piensan que han saltado por encima de sus errores y sus carencias. Pero todos están felices, todos cantan su entusiasmo en las televisiones.
La política se convierte, a menudo, en un enorme escenario. No hay espacio para el descanso y camuflar la derrota, esconder las realidades, es una forma se seguir haciendo la carrera interminable del voto futuro.
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Cristóbal Toral recoge una maleta de un contendedor
El contendor es ese tesoro urbano y público lleno de escombros y de sombras. Presente en todas las calles, se renueva como las estaciones y los semáforos, cambia de lugar y de color. El contenedor se llena de sillas rotas, de macetas que tuvieron flores, de viejas mesas donde estudiaron dos niños, del abrigo que llevaste en la infancia, del tocadiscos sin aguja, sin tiempo ya para la melodía.
El contenedor es un armario de todos, que se moja cuando llueve y se llena de hojas secas y de polen, según caigan los vientos y las fechas. El contenedor es un inmenso sobre de hierro donde también encuentras cartas de amor, recibos del banco, fotos de familias que han perdido ya la noción del tiempo.
Me gustan los contenedores y siempre espero encontrar un libro o un poema en ellos, no en balde un día encontré una primera edición de Jardiel Poncela, y otro, el libro Vacas, cerdos, guerras y brujas, de Marvin Harris, cuya lectura me interesó mucho. Estoy seguro de que algún día encontraré una primera edición de García Lorca, o de Emilio Prados, o el testamento secreto de Ramón Gómez de la Serna.
Cristóbal Toral, uno de esos pocos pintores que saben pintar todo lo que existe pero no se ve: la tristeza y la alegría, el amor y la esperanza, la soledad y el dolor... siempre tiene la certeza de acompañar su pintura con las maletas que recoge en los contenedores, esas maletas tienen el alma de quien viaja, el gesto de quien deja un hogar, un amor y una lumbre.
El gran pintor Cristóbal Toral recoge una maleta, que también es un poema, que también es una flor, que también es el sueño de un viaje, y un regreso.
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Mártires en moto
Hay algunos trabajos que convierten a sus trabajadores en auténticos mártires, trabajos de gran dureza que nunca están compensados como debieran, por desgracia casi ningún trabajo lo está. Uno de estos trabajos es el de Mensajero, Mensaka, que se dice por ahí, desde el repartidor de pizzas al que recoge y distribuye los paquetes.
Trabajar encima de una moto es terrible, es un sufrimiento continuo, una forma de vida que en una ciudad de ciertas dimensiones, tiene un gran peligro. Y no hay estación ni temperatura buena, no, durante el invierno el frío y la lluvia pueden convertirse en una pesadilla; el agua se mete por todas partes, la visibilidad es nula, el asfalto resbala... y para qué hablar de las típicas enfermedades: gripe, resfriados... Durante la primavera el polen se cae de los árboles y se mete en los ojos, los cierra, los irrita y el que tiene alergia lo pasa todavía peor, en verano las motos se recalientan, el casco se vuelve un peso insoportable y en los semáforos se pasa mucho calor, en otoño cambia bruscamente la temperatura y se pasa frío y calor al mismo tiempo.
Y todavía no he hablado de lo peligroso que es conducir una moto, un vehículo en el que tienes que estar con los cinco sentidos en la carretera, porque como dice un anuncio, eres la parte más delicada de la carrocería. Y encima los coches desarrollan ante las motos una especia de manía, de mala reputación. Muchas veces ganada a pulso porque los moteros se saltan los semáforos, se cuelan entre los coches y aparcan en los escaparates de las tiendas, yo creo que muchos deben tener los nervios de punta. Ocho horas al día en una moto pueden desequilibrar al hombre más tranquilo del mundo.
Hay muchos trabajos duros, seguramente muchos iguales que el de Mensajero, ojalá pudiéramos conocerlos y valorarlos todos.
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El autobús
He viajado y voy a viajar mucho en autobús. Es rápido, barato, cómodo, eficiente, fácil... pero lo tengo que reconocer: he pasado miedo. Además me gusta viajar por la noche: viajando por la noche consigues que el viaje sea más largo o más corto, según convenga. Las carreteras se han convertido en el marco más usual de las pesadillas y yo he pensado muchas cosas sentado en un autobús.
Nunca he vivido el error grave de un conductor. Más de una vez me he quedado sorprendido de la habilidad y la forma de conducir de estos profesionales, pero también tengo que decir que muchos superan, con creces, los límites de velocidad. Algunos pasajeros no se dan cuenta y otros agradecen llegar una hora antes, pero el caso es que nos hemos jugado la vida todos, todos sin enterarnos.
La carretera no es un lugar ni un trabajo fácil. Y conducir un autobús es una tarea de gran responsabilidad, de esas que sólo pueden hacer personas con una capacidad y un temperamento especial. Cuando hay un accidente se buscan culpables y se llora, se hacen declaraciones y algunos se pasan al tren que es más caro, más lento y más seguro.
Lo triste, como siempre, es cuando sólo se puede viajar en autobús, entonces miras por la ventanilla y piensas en los buenos momentos ya vividos.
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Jarabe de palo: jarabe del malo
Hay grupos musicales españoles que tienen una canción buena y viven de ella como si de un poderoso tesoro se tratara. También pasa en el arte, en la literatura, incluso en el deporte, pero en la música es más frecuente y contagioso. El grupo Jarabe de palo, ofrece buena cuenta de esto en su trayectoria musical. Su primera canción, La flaca, es una extraordinaria canción, tiene música, letra, eso que algunos llaman contenido, tiene ritmo...
Uno no sabe si es que el talento pasa una vez por cada casa o si con el éxito, el dinero y las facilidades se van aflojando las ganas de trabajar, el esfuerzo, la lucha, eso que definió León Felipe como el ladrido del artista. Los que quieran buscar una canción semejante a La flaca en el repertorio de Jarabe de palo, tendrán que conformarse con estribillos repetitivos, ritmos fáciles, poca música y poco esfuerzo.
Hace unos meses tuvimos que padecer su Depende, una canción donde la palabra depende se repite una y otra vez, cayendo en un juego de artificios absurdos, repetitivos, banales, donde el que no se aburre o es muy tonto, o entiende de música lo que yo de coches: depende, de que depende, del color del que se mire, todo depende... decía la canción. Ahora vuelven con la palabra: bonito, y hacen lo mismo, todo es bonito, bonito... y a escucharlo continuamente en la radio, verlo en la televisión, padecerlo en las manos del marketing y la publicidad.
O el cantante de Jarabe de Palo es muy guapo, carezco de datos al respecto, o deciden ponerse a trabajar como el primer día, (pocos grupos lo hacen) cuando no les conocía nadie, o La Flaca se va a hacer más flaca cada año, hasta ser un rumor leve.
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Grandes preguntas
Estados Unidos y su política de salvamento mundial, de acción mutante, de defensa del mundo, de Indepence day y de Rocky IV, va dejando preguntas y preguntas en la conciencia del mismo mundo al que ha salvado de los marcianos, tantas veces. Ahora nos preguntamos donde están las enormes y terribles armas de destrucción masiva que Iraq escondía debajo de los montes como tesoros de otras guerras, como balsas de salvación. También nos preguntamos donde está Sadam, como ayer nos preguntábamos por el paradero de Bin Laden y todo su precipicio humano.
Preguntas y preguntas que pasan como los ríos, van de periódico en periódico, hasta que llega otra guerra, otro marciano, u otro genio al que estudiar y perseguir para siempre.
Tirar las estatuas no es difícil. Cambiar de nombre los aeropuertos, las calles. Y sacar en la televisión los aplausos de los habitantes de Bagdad ante las tropas americanas, no es difícil. Pero todos sabemos que el pueblo siempre se une a los ganadores, es una acción simple y clara de defensa personal, es la forma de no condenarse, de apuntarse a los nuevos tiempos con una leve y triste sombra de seguridad.
El más fuerte gana, siempre. A veces parece que no, pero al final el rico, el poderoso, el fuerte: gana. Sin embargo las preguntas se van acumulando, son como anclas amarradas al puerto de la conciencia colectiva. Y llegará el día de responderlas todas.
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De manifestaciones y manifestantes
Hay que reconocer, hay que denunciar que los policías españoles pierden la cabeza cuando se trata de una manifestación. Algo raro les ocurre, parecen distintos, extraños, capaces de todo, de cualquier cosa.
Sin duda se trata de una clara falta de preparación. Porque también hay que reconocer que en otras circunstancias, en otros momentos, la policía española suele ser educada, efectiva, conciliadora y bastante humana. Las manifestaciones se han convertido en una verdadera asignatura pendiente, y deben buscar la forma de aprobarla, porque si las cosas siguen como están, no sólo se producirán aglomeraciones cuando el Real Madrid gane la Copa de Europa.
Hace unos días estuve en una manifestación en Londres y descubrí esto que ahora cuento. Se trataba de una manifestación contra la guerra, los manifestantes, que tenían el mismo rostro que los españoles, decidieron paralizar el tráfico de la famosísima Picadilly Circus: como si en Madrid se intenta parar el tráfico de la Puerta del Sol. Los policías ingleses, siempre grandes de estatura, con gorro y sin pistola, se limitaron a esperar a que los manifestantes descubrieran lo incomodo, absurdo, y difícil de su intento. Pasados unos minutos los manifestantes decidieron dejar pasar a los coches y continuaron su camino... todo un ejemplo.
Yo he asistido a varias de las últimas manifestaciones más polémicas. Y he visto a mucho manifestante insultar, despreciar, e incluso arrojar objetos a la policía. Pero ahí es donde deben dejar paso a la preparación que les falta. La porra en mano sólo puede ser el principio de un problema. El buen policía debe saber esperar, debe saber aguantar, debe reprimirse, debe entender que su primer cometido es proteger. Y nunca asustar.
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La vergüenza y el orgullo
Es una vergüenza la guerra. Es la vergüenza del hombre que se hace pequeño, que se queda en el perfil del odio, del miedo, de la destrucción. La guerra es la vergüenza del mundo y nos sentimos como el niño que reconoce su desastre, el perro que huye con el rabo entre las piernas.
¿Culpables? Si que los hay, están en todas partes, pero tirar la primera piedra es no entender el libro o el espejo de la historia. Los mísiles en un mercado de Bagdad son una inmensa vergüenza. Algo contra lo que hay que luchar. Desde el sillón si no hay más remedio, pero luchar con la conciencia en la mano.
Sin embargo la respuesta que está viendo el mundo entero ante esta guerra es una poderosa manera de sentir orgullo. La respuesta diaria, las manifestaciones, los proyectos, las páginas web, las plataformas... hay suficientes motivos para saber que la guerra no gusta a nadie, simplemente gusta a los que no saben muy bien donde poner el ojo, donde actuar.
Esta guerra no pasará a la historia por sus resultados, porque van a ser los mismos de siempre: muerte y dolor. Pero lo hará por la respuesta de la sociedad. Existe un ruego común que se ha ido extendiendo de cabeza en cabeza y ha creado un hilo de unión enorme, de los que no se rompen de cualquier forma.
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USA y Francia
Me veo a los seguidores de Bush mandando la estatua de la Libertad de vuelta a Francia, como ese regalo que ha perdido su simbología y ya no sirve, como cuando los amantes antiguos se devolvían las cartas de amor y los recuerdos, esa forma de acabar para siempre sin dejar señales.
No sé hasta que punto se conoce la importancia que Francia ha tenido siempre para Estados Unidos. Sin duda ha sido su lugar europeo de referencia, y París la ciudad de los sueños americanos, del deseo, de la metáfora del viaje y la belleza. Un americano culto, de hoy, no tiene de que hablar hasta que no cuenta su viaje a París, su paseo por las calles y las plazas francesas. París ha sido siempre, para Estados Unidos, esa ciudad mágica y distinta, a la que se le perdonan las extravagancias por su belleza y su historia. Pero ahora las extravagancias parecen ir más lejos, y en algunos sectores se pide el boicot a los productos y las referencias francesas.
No sé quien me dijo que las verdaderas historias de amor sólo se rompen por cuestiones económicas, cierto. A Francia le ha ido bien invirtiendo en Iraq, y Estados Unidos necesita su guerra psicológica para enterrar muy abajo el dolor y la angustia del 11 de septiembre.
Siempre nos quedará París, decía el poema cinematográfico. Sólo una guerra es capaz de cambiar lo que ha creado otra guerra.
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La primavera
Yo lo que quiero es que vuelva la primavera. Me paso todo el invierno deseando que llegue la primavera, a partir del 20 ó 25 de enero yo ya soy un hombre que sueña con la primavera. El invierno me hace cada vez más frío y más miedoso, me entristece la oscuridad y la noche se me cae encima demasiado pronto.
En esos días de febrero en que la primavera asoma sus ojos como un animal tímido, y nos regala dos días de luz, soy el hombre más feliz del mundo. Sé que durara poco y apuro las horas como un postre o una hermosa puesta de sol.
La primavera es capaz de eso y de mucho más, a veces parece que desde el principio del invierno, está luchando en las raíces, bajo la tierra, para levantar su esencia y dejar florecer las plantas, cambiar de colores los árboles, levantar las mañanas, inclinar las rosas al nivel del mar.
A diez de marzo de 2003 la vida se está poniendo al rojo vivo, que diría Blas de Otero. Todo parece estar a punto de caer y ya veremos desde que lado somos capaces de levantarnos. Las cosas nunca son fáciles para nadie pero estos días parecen seguir sólo la huella de las crisis. El trabajo, el dinero, la guerra, el hambre, la discusión, la política, el fracaso, la vergüenza de unos y el cinismo de otros...
Agarremos la única verdad: por ahí cerca anda, muy azul, la primavera.
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Oídos sordos
El gobierno de Aznar no puede hacer oídos sordos a las manifestaciones del pasado sábado 17 de febrero. El mensaje no puede ser más claro: el pueblo español no quiere guerra, no quiere que España participe en una guerra, ser cómplice y artífice de una guerra. Se puede decir de muchas maneras pero la realidad estaba en las calles abarrotadas de un montón de ciudades.
Y no es una cuestión política. Aquí se confunden los medios de comunicación, los políticos y todos los que llevaban a las manifestaciones consignas o pancartas políticas. La cuestión no se trata de valorar lo injusto o justo de una guerra, ese es el terreno de la política. La cuestión es que el pueblo no quiere una guerra, sea justa o injusta, sea buena o mala, beneficiosa o perjudicial para la economía. La gente de la calle, el que hace el pan o recoge los talones en la ventanilla del banco, no quiere una guerra.
El único acontecimiento histórico que el español tiene guardado en la memoria, que conoce, valora y entiende, es la Guerra Civil. Durante estos últimos meses se han publicado, que yo recuerde, tres libros importantes sobre el tema, y la exposición sobre el exilio ha recorrido varias ciudades con gran éxito y participación. En la cultura nuestra de cada día, tenemos aquellos tres años enredados en una plena omnipresencia. He hablado de libros, pero el cine español tiene en la Guerra Civil uno de sus mayores recursos. Y esa referencia cultural, obligada y terrible, hace que den miedo las ciudades deshechas, los niños huérfanos, los refugiados (exiliados de ahora), el hambre, la pobreza...
Se trata de escuchar a quien te escucha, de escuchar a quien te ha puesto en una presidencia y una responsabilidad. Los oídos sordos son un camino sin regreso y sin respuesta.
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La guerra de la ruina
Cuando pasan los años, de la guerra sólo queda dolor, muertos, odio y sangre, nada más. Y el recuerdo turbio, difuso, amargo, de los dirigentes que pudieron pararla y no lo hicieron. La política y los papeles se pierden como aguas de ríos y lluvias. Las palabras entonces no sirven, son palabras, decía Rafael Alberti. Porque de la guerra, insisto, sólo queda eso, poetas y árboles muertos, vergüenza, mucha vergüenza, chatarra, y la muerte llenando la sonrisa de niños y soldados.
Ahora estamos en ese tren de ver como cuatro dirigentes van a llevar a cabo la guerra, la guerra de siempre, la de los niños huérfanos, el miedo y el hambre. Nuestro sueño, nuestro esfuerzo, lo poco y lo nada que podamos hacer, ahora, nos ayudará a no retener la respiración cuando pare el tren y veamos eso, lo que deja la guerra, lo que han dejado todas las guerras del mundo, dolor en los ojos, y sueño de venganza en las manos.
Digámoslo donde sea, que lo sepan los amigos en el bar, y en el trabajo. La guerra es la muerte vestida de corbata y zapato negro. La muerte no tiene nombre, es como un agujero, decía Gloria Fuertes. La guerra tiene todos los nombres del mundo y todos significan lo mismo.
La guerra es la pesadilla que se sale de los sueños y rompe las cosas que nunca vuelven. No lo olvidéis.
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La vida de Rita
No es correcto darle palos a la televisión sino se está dispuesto a elogiarla cuando se lo merece. La semana pasada vi un capítulo de la serie La vida de Rita y me pareció una gran serie de televisión. Original, distinta, sutil, tierna, real... me parece que tiene algo que no tienen ninguna de las series de televisión actuales: humanidad. Y es que los personajes de La vida de Rita son terrible, horriblemente reales, se caen y se levantan como todos nosotros en la vorágine de los días, y la vida, que es un huracán poderoso, pasa sobre ellos con el mismo rigor y la misma ciencia.
Me produce cansancio y vergüenza ajena esas series de televisión donde los protagonistas son perfectos, y se equivocan, ganan o pierden, pero siempre bajo esa cúpula de belleza y perfección, de ropa cara y de sueños posibles. Parecen salidos de una de esas novelas en las que siempre, siempre ocurre lo mismo. Y para que hablar de esas situaciones macabras donde una chica se levanta por la mañana maquillada y pintada, o una marca de leche parece conseguir el verdadero protagonismo.
Verónica Forqué hace siempre lo mismo, su personaje es una prolongación de aquella Pepa de hace unos años ¿y qué? Aquella era una interpretación perfecta de una madre que tenía una casa llena de hijos y la de ahora es otra madre dueña de un restaurante, seguramente los sueños y las obsesiones son las mismas.
La vida de Rita no tendrá el éxito de otras series, seguramente es demasiado buena. Lo perfecto y lo irreal seduce mejor a la gente. Pero Rita está ahí, y por eso la buena televisión no muere.
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Un adiós a Dónovan
Le gustaba pasear por el campo cercano a su casa, le gustaban los parques vacíos, los gatos de nadie, hablar con su abuelo y jugar al baloncesto. Tenía trece años y ya conocía el dolor de la muerte, la soledad, y ese amargo llanto del amor cuando se rompe. Soñaba con viajar y conocer el mundo, llevar en la maleta la sombra de mil países. Se mostraba solitario y reservado, prefería una estación abandonada, vieja, a una fiesta de colegio.
Se enfadó con su madre y salió a pasear sin saber muy bien a donde ir, llevaba ese peso de no saber muy bien el lugar, de no entenderse con nadie. A partir de ahí algo se rompió... la historia se rompe todos los días, en un lugar del camino la luz y la sombra tiñen de tristeza las palabras. Lo demás no lo sabremos nunca, se cayó a un pozo, se tiró o lo tiraron, la verdad es que ante la muerte, sobran tantas consideraciones...
Sus padres hicieron todo lo posible por encontrarle, consiguieron que un país llevara su rostro en la camisa, en los escaparates, en los corazones... y tenía algo sus ojos que nos hacía soñar con su regreso, una mirada triste como el gato con el que jugaba, como el parque y el pozo donde acabó sus días.
Parecía estar cerca de todos, en su huida queda nuestro dolor y su ausencia.
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El euro no existe
El euro llegó con tanta fuerza, con tanta ilusión, que parecía posible su llegada directa, su asentamiento en nuestro día a día. Eso de vivir en euros y dejar la peseta como un trapillo del pasado en un cajón, en una maleta perdida para siempre. No hacer cálculos, tener el euro en la conciencia y hacer como si no hubiera existido una medida diferente.
Pero la verdad es que muchas veces he llegado a pensar que el euro no existe, parece una forma de medir la peseta, sólo eso, como si nuestra vieja moneda hubiera mudado su rostro, sus trajes, sus colores, pero mantuviera viva sus finalidades y su historia.
Sólo algunos medios de comunicación dicen las cifras en euros. Y es en la calle donde más lejos parece estar la moneda europea. Cuando una cantidad cruza los cincuenta euros todo se vuelve un laberinto donde hay una única salida: la peseta. Comprar un coche, un piso, calcular un sueldo, un alquiler, un viaje... nadie emplea el euro por miedo a no ser entendido, a equivocarse o a perder efectividad.
No sé cuanto tiempo tardará en llegar el euro definitivamente, lo cierto es que cada vez será más absurdo hacer el cambio porque la medida de la peseta se va a quedar en el año de su desaparición y el euro subirá con la vida y el tiempo.
Lo mejor es dar ejemplo: comprar el pan a cero noventa y soñar con una quiniela de setecientos mil.
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José Hierro o Fe de vida
La bombona de oxígeno con la que José Hierro fue a Cartagena hace poco más de un mes se ha quedado sin dueño para siempre, está ya en ese rincón de sombra donde quedan las cosas que no sirven y se marchitan despacio.
No me imaginaba yo a Pepe Hierro paralizado meses en un hospital, sin poder sacar a relucir su cabeza brillante de poeta, de marinero, de hombre de radio, de vendedor de alpargatas y hechizos, de bebedor y fumador interminable.
José Hierro escribió Alegría para olvidar la cárcel y más de cincuenta años después de su publicación todavía me cambia la voz la relectura de algunos de aquellos poemas, especialmente el último: Fe de vida. Esa vida que sale de debajo de las piedras, de la misma piel de las lágrimas, y tiene sin embargo todo un fondo de belleza, imán, y poder. Nunca dejó su poesía ese rayo de luz, esa forma tan desgarrada de encontrar la alegría en cada mano rota, en cada símbolo de amistad y encuentro.
La verdadera poesía la hace el poeta que participa con su vida y con su tiempo. Hay algunos que escriben el poema pero esconden la mano. Hierro recorrió todos los caminos que le fue preparando el destino para llegar a donde su poesía hacía falta, recibía los premios en los institutos y en los sanatorios, y siempre llevaba su poema en el bolsillo, para extenderlo como una receta, un mapa, o un vino de su tierra.
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El enfado de dios
Anda diciendo Juan Pablo II que dios está enfadado con la humanidad y que por eso cargamos este dolor en las espaldas y esta tristeza. Ni a los diez años es capaz de hacer un niño una reflexión tan absurda y poco acertada, tan exageradamente infantil. Se trata de recuperar al dios de los castigos y las bendiciones, al dios de barba blanca, voz profunda, alpargatas de esparto y manos enormes. Un dios de estampita que castiga al malo, premia al bueno, y en los días de fiesta: hace milagros. Ese dios que vive en el mismo cielo de Santa Claus, Peter Pan, SuperLópez y la Bruja Avería (que es de mi infancia).
Las viejas estructuras cada vez son más viejas y el mundo se hace nuevo cada año. Hay posturas filosóficas, teóricas y teológicas que se caen por su propio peso y que desacreditan a sus partidarios. Si verdaderamente dios está enfadado (repito lo absurdo de todo esto) la cúpula que aconseja a Juan Pablo II debería preguntarse si no ocupan ellos un espacio de oro en los motivos de ese enfado.
Pero le realidad camina por otro lado y la religión católica tiene en su máximo representante a un hombre muy mayor (en años y espíritu) que no representa a sus seguidores, que crea divisiones, y que ofrece una imagen paupérrima a la opinión pública del mundo entero.
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Prestige: una máquina para desviar la atención
Sigo impresionado por la fuerza y el espíritu del pueblo gallego, esa forma de cuidar, de necesitar su mar, su tierra, se nos va a quedar en la memoria mucho tiempo, ya lo dijo el gran poeta gallego Celso Emilio Ferreiro: “amor y sangre en las venas”
Sin embargo me parece que el tema del Prestige a algunos les está sirviendo para tener ocupados los medios de comunicación, las conversaciones y los esfuerzos mediáticos, esa forma tan de ahora de hablar de un tema para tapar otro. Porque las cosas aquí están cada vez peor, son de un negro cada vez más grande y definitivo. Y no hace falta ser un especialista en economía para saber esto, sólo es necesario pasear por las calles y ver la cantidad de locales en alquiler o en venta, o consultar las ofertas de trabajo de los periódicos, nos encontramos con un desierto donde sólo se puede trabajar vendiendo apartamentos de uso temporal, enciclopedias, o extraños productos de legalidad muy confusa.
Y lo peor es que la oposición a José María Aznar no parece entender esto, sigue empeñada en tirar a la cara del gobierno todo el chapapote, e ignora que verdaderas responsabilidades políticas, responsabilidades de primer orden, por ahora, sólo las tiene el nefasto Fraga. En los anuncios de trabajo de los periódicos hay un chapapote no menos negro y no menos pesado.
Espero que nadie use la tristeza del pueblo gallego para tapar algunas realidades no menos tristes.
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Manuel Fraga: la ballena varada
Es triste cuando un político no está a la altura de su pueblo, de la gente que le ha votado, sin duda es una situación que degrada a cualquier político. Manuel Fraga parece una ballena varada en el lodo y la espuma negra del mar gallego: sin respuestas, sin ideas, con la lógica de una edad que le aleja de más responsabilidades que de obligaciones, varado a una presidencia que es muy grande para ochenta años sobre una espalda.
Mientras el pueblo gallego está dando toda una lección de amor por su tierra, de solidaridad, de compañerismo, de capacidad de trabajo... Manuel Fraga está dando una respuesta por callada y dejando a sus seguidores con la certeza de tener a un presidente que pasa los ochenta años, que prefiere la caza, y que cuando quiera darse cuenta, habrá pasado el tiempo de ayudar a su gente.
El pueblo gallego se está pareciendo al pueblo inglés cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, de que forma tan precisa lo cuenta Luis Cernuda en su ensayo Historial de un libro, todos los días, al terminar el trabajo, se reunían los ingleses para levantar y restaurar las Iglesias y los edificios destruidos por la guerra, en pocos meses los pueblos iban recuperando sus aspecto anterior, y los edificios se hacían más grandes, más sólidos, porque estaban reconstruidos por sus habitantes.
Lo mismo ocurrirá con el mar de Galicia, cuando quede limpio otra vez, tendrá más luz.
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La televisión de ahora
Llevaba años sin ver tan poco la televisión. En los últimos meses sólo he estado más de media hora delante de la caja tonta viendo un partido de fútbol, y eso no cuenta. Ni un documental, ni un programa, ni una serie, (sólo la de Imanol Arias) ni una película, nada. Intentar ver una película en la tele es como tirar por la ventana toda la tarde, toda la noche o toda la mañana... la publicidad se encarga de que los mejores contenidos cinematográficos se vuelvan aburridos e insoportables, cuando vuelve la película ya no sabes que estaba ocurriendo.
Y para que hablar de los programas de entretenimiento. Hay uno que basa su máxima propuesta en proyectar a un chico que se desnuda cada dos por tres, y chilla por cualquier cosa. Otros buscan las lágrimas, las sorpresas, los amores rotos, los cuentos de hadas, las pasiones más bajas, y las manipulan como quien construye un castillo de cerillas.
Se hace todo, todo lo que haga falta, para impresionar a una audiencia cada vez más poco impresionable y más aburrida, de ahí el enorme éxito de programas como Gran hermano, u Operación triunfo, que no tienen nada que envidiar al chico que se desnuda o a la que cuenta las adicciones de su hijo, porque son lo mismo, exactamente igual pero con uno o dos detalles de originalidad.
Anillos de oro, La bola de cristal, La clave, Turno de oficio, Segunda enseñanza, A fondo, Gatos en el tejado, Platos rotos, incluso Farmacia de guardia... son nombres de una televisión que ha quedado en la memoria como algo perdido junto a las lluvias que se lleva el tiempo. La de ahora es sólo el escándalo fácil, el silencio de la comunicación menos brillante y más aburrido.
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Enrique Iglesias Vs. Antonio Vega
Todos hemos oído la bochornosa versión que ha hecho Enrique Iglesias de La chica de ayer, esa genialidad de los años ochenta que para muchos es una obra maestra. Causa un auténtico dolor escucharla en las radios, parece increíble que algo tan hermoso pueda parecer tan poca cosa.
A mi Enrique Iglesias me parece una “pose” continua, uno de esos cantantes que lo basan todo en la presencia física, en el tirón familiar, en ajustarse la camiseta y en levantar el pie en el escenario. He visto a pocos artistas tan poco naturales, tan incrustados en una forma de actuar estudiadísima, cansina y vieja, que rompe estadísticas en ventas amparado en la máxima metáfora del mercado, pero de cuya música nadie se acuerda pasados unos años.
Y curiosamente elige la canción de un músico que expresa su arte de una forma radicalmente distinta a la suya, porque Antonio Vega no ha sabido nunca de poses, ni de trucos, ni de revistas del corazón, ni de delirios de grandeza... se ha dedicado a luchar contra todos los demonios, y a crear una música personal, única, llena de la mejor poesía y el mejor silencio.
A Enrique Iglesias le van a dar todos los premios que no ha recibido Antonio Vega. Sin embargo dentro de no sé cuanto tiempo, Antonio Vega quedará como uno de esos grandes músicos que construyeron una etapa importante de la música española, y Enrique Iglesias, como el hijo de un cantante español y de una mujer que anuncia bombones.
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Ser extranjero en Francia
La semana pasada, a Elena, madrileña afincada en París desde hace más de cuatro años y conocedora como nadie de la cultura francesa, le han denegado el alquiler de un piso por ser española, o por ser extranjera, que no recuerdo los detalles. Y se lo han dicho a la cara, con toda la arrogancia y la presunción gala. Habría que explicarle a ese señor francés que un español ya no es extranjero en París, porque es comunitario, aunque les duela en lo más profundo de su orgullo antiguo, absurdo y gris.
Y no quiero ni pensar en el comportamiento de uno de estos señores con quien llegue a París desde algún lugar más lejano, porque a nosotros, al menos, nos protegen algunas leyes y algunos sueños por cumplirse, que no es poco.
Decía el filósofo Hermann Keyserling que la nota característica de Francia es el pueblo culto por excelencia. Y la cultura, sabemos, tiene su verdadera esencia en la diversidad, en la mezcla, en la observación y el estudio de todo lo ajeno. Además se trata de un país que ha construido su mejor cultura con las propuestas y los trabajos de sus hijos más lejanos, de sus huéspedes... un ejemplo de oro es el escritor argelino Albert Camus, o George Simenon, o Rubén Darío, o Pablo Neruda, o el españolísimo Picasso, que soñó el París más brillante en su pintura mágica y magistral.
La cultura francesa se hará más pequeña cuando menos artistas acudan a vivir en sus casas y a sentir en sus calles. Ellos mismos tienen la llave, cuando cierras la puerta no dejas ver la luz.
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Niños con estrés y sin piojos
Ahora los niños tienen estrés. ¡Toma! Y se muerden las uñas, hablan poco, sienten tristeza y se pelean con sus compañeros. ¿Les suena? Yo me he mordido las uñas hasta los huesos, me he peleado con mis mejores amigos y he sentido tristeza cada suspenso y cada lunes por la mañana, por supuesto.
Lo que ocurre es que los niños de ahora viven en el tiempo de la lupa, de mirarlo todo, del exceso de mimo y de la publicidad más cursi y caprichosa. Hasta no sé donde escuché que los animales domésticos también sufren estrés. Me pregunto que tendrán los niños que viven una guerra, un exilio, que pasan hambre, o que no saben muy bien donde están sus padres. Ese estrés de los niños de ahora es una mezcla de ansiedad informativa, de malas conclusiones y de unas ganas de hablar exageradas.
Yo de niño tuve piojos, y conmigo todos mis compañeros, usábamos un champú que anunciaban en la tele y nos alejábamos de quien se rascaba la cabeza.
Pasaba rápido. Y pensándolo bien, prefiero haber tenido piojos. El estrés es un problema de adultos, del excesivo trabajo y la responsabilidad, de ver como el tiempo pasa demasiado deprisa, de no entender nada, de no conseguir nada... y la verdadera magia de la infancia consiste en no compartir los problemas de los adultos, ese poder del tiempo que se hace eterno.
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Madrid sola y solemne
La semana pasada tuve la suerte de poder pasear, a media mañana, por el centro de Madrid. El centro claro y típico, con olor de panadería y de mercado: la Puerta del Sol, la calle Preciados, la calle del Carmen, Callao... y en un momento me pareció estar en otra ciudad. Las ciudades grandes tienen esa forma de vivir en ausencia y en presencia. Pero yo parecía estar en otra luz. En un instante me acordé de Londres, y de ese color azul que se vuelve gris de forma intermitente, como un sueño que entra y sale.
Madrid está viviendo el mejor momento de su historia. Nunca había vivido una diversidad cultural y una modernidad tan amplia. Y eso que arrastra una de las peores alcaldías que se recuerdan, aunque todos sabemos que las ciudades las hacen buenas sus habitantes y no sus alcaldes.
Madrid se ha convertido en la capital del mundo hispano. En la ciudad que junta y hace convivir dos mundos. Y esta realidad la puede convertir en una de las ciudades más interesantes de nuestro tiempo. Capitalidad que rechazó Barcelona cuando empezó a encerrarse en su nacionalismo, lo que Terenci Moix bautizó como “convento de clausura”.
Cuando pensamos que Nueva York es la capital del mundo olvidamos sus enormes inconvenientes asumiendo su gran diversidad, su espacio casi infinito, donde todo parece estar representado. Paseando ayer por la Puerta del Sol, me pareció encontrar lo mismo en nuestro universo de voz hispana, que tan grande podrá ser un día.
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Los soldaditos y España
No hemos sido nunca patriotas los españoles. Ni siquiera aquellos poetas que cantaron y sufrieron tanto por España, eran igual de patriotas que algunos ingleses, franceses o americanos de su tiempo. Además no nos gustan las banderas, los himnos, las canciones de patria, los emblemas y los saludos militares. No nos gustaban en 1902 y no nos gustan ahora. Hay algunos que no acaban de reconocer esto y organizan desfiles para lucir nuestros medios armamentísticos, nuestros soldaditos y nuestros aviones. Pero al final al desfile sólo acuden padres y madres de niños pequeños (de los que no saben que hacer con los niños un sábado) y los familiares, muy orgullosos, de los participantes. Poco más.
Y no es una forma inteligente querer hacer más grande el amor por la patria mediante desfiles, homenajes a la bandera, y otras conocidas cantinelas. Lo inteligente sería hacer que los jóvenes conozcan España. Valoren su país allí donde es grande, donde es uno de los países más interesantes y atractivos del mundo: en su cultura, en su diversidad, en su arquitectura, en su historia, en el recuerdo de sus grandes creadores, en su pasión de cada día. En ese brillo que junta, en un mismo país, la belleza húmeda y tenue de Santiago de Compostela, con la magia irrenunciable de Granada. El sueño antiguo y romano de Mérida, la sobriedad de Cáceres, el blanco azulado de Moguer, con el descanso eterno de Santillana del Mar o la luz gris de Cudillero.
Pero lo fácil es ir siempre a la bandera, a buscarle letra al himno, al desfile y al circo romano. Lo fácil no hace a nadie grande.
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La moda
Estoy realmente harto de la moda. Y es que en los telediarios, en las televisiones no hablan nunca de literatura, de poesía, de cine, de pintura, de danza, de música (sólo cuando se muere un artista, eso sí); no hablan de libros, ni de arquitectura, ni de teatro… pero la moda no falta, es una constante, una referencia obligatoria, una perlita de oro en los últimos instantes de cada televisión.
Y es esa moda extrañísima, extravagante, absurda, que no se ve en las tiendas, que nadie lleva porque son piezas para mirar sólo desde una pasarela, desde un rincón entre el arte más controvertido y la frivolidad más rancia. Yo no tengo nada contra los creadores de la moda, hacen su trabajo como lo hacemos todos, y tratan de conseguir con su obra el máximo prestigio y reconocimiento. Sin embargo parece que algunas televisiones la han entendido como su elemento erótico vespertino, su disimulada manera de atrapar a algunos espectadores mediante buenos cuerpos y veladas maneras.
De todas las grandes manifestaciones artísticas, la moda es la menos tradicional, la más ambigua, la más selectiva, la más pasajera. Pero tiene todo el peso de la estética, de la belleza física, del poder del cuerpo, que como todos sabemos, hoy manda.
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Ciudades pequeñas
Los que vivimos en una ciudad grande tenemos esa cara de tontos, de perdidos, cuando analizamos y conocemos la vida de algunas ciudades pequeñas. Se nos pone cara de engañados, de los que están en la fiesta equivocada, en el lugar más oscuro. Y lo digo yo, que no dejaría mi ciudad por nada, pero entiendo que la vida en otro sitio, sería mucho, mucho mejor.
Cuando llego a una ciudad pequeña, y mi trabajo me lleva a ellas muy a menudo, lo primero que hago es asomarme a una inmobiliaria, es uno de esos actos que podéis catalogar de masoquistas. Y no se trata sólo de la cuestión inmobiliaria, es la tranquilidad, el descanso, la contemplación... esa posibilidad de encontrar a los amigos, de salir, de pasear, esa otra forma de vida tan distinta, tan mejor. Además las ciudades pequeñas tienen, ahora, todo lo que tienen las grandes, las mismas tiendas, los mismos restaurantes, casi los mismos teatros, casi los mismos cines...
Me ha dicho una amiga que cuando viaja a la ciudad donde transcurrió su infancia, los días le parecen dobles, como si viviera la horas dos veces. Muy cierto, y muy terrible, saber que por allí, tan cerca, todo es diferente.
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Joan Gaspart
En una ocasión me dijo el gran poeta Miguel Galanes, que un hombre tonto hacía muchísimo más daño que un hombre malo. Esta sentencia la he ido convirtiendo en una ley básica durante estos últimos años. Y en muchas circunstancias no entiendo como hay tontos tan tontos en tantos sitios. Uno de ellos es el presidente del Fútbol Club Barcelona, una entidad llena de historia y de éxito, que tiene en Joan Gaspart un verdadero problema.
Y no se trata de entrar en la valoración deportiva, ni en buscar los colores de cada uno, yo lo tengo, como todos. Pero el Barça que yo conocí de niño era un club elegante, serio, competitivo, capaz de conseguir todo en cualquier momento y de fichar al mejor jugador en un suspiro (recuerdo a Maradona, Schuster, Laudrup, Ronaldo...) y el de ahora, el que preside este señor, es un club envidioso, fulero, mediocre y con una debilitada imagen internacional.
Sin duda una afición y una ciudad como Barcelona no se merece a un personaje de una integridad humana tan discutida, y muchos socios empiezan ya a cansarse de sus continuas y absurdas referencias al Real Madrid, su imposibilidad por mantener a sus estrellas, sus malos resultados y su extraña manera de fichar (siempre al margen del entrenador y el cuerpo técnico).
Dicen que los verdaderos amantes del deporte siempre suspiran por la máxima competitividad, por la rivalidad más auténtica, y como yo me encuentro en ese grupo, digo: ¡Sr. Bassat, no tarde!
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El Golf, una barbaridad escondida
Hay cosas que claman al cielo y que a nadie parecen importarles. Sin duda una de ellas es la presencia de campos de Golf en toda nuestra geografía. Parecen pequeños puntos verdes en nuestro eterno océano de cuero, que dijo Pablo Neruda.
En gran parte de España la lluvia es un bien difícil, algo que ocurre muy de vez en cuando. Cuando hay sequía vemos como se mueren los árboles, las plantas, como la escasez lo va arruinando todo. En muchos casos se prohíbe regar, y la situación es aún más triste, más pobre. Sin embargo los campos de Golf mantienen toda su fuerza, su colorido exuberante, su manía de burbuja verde en medio del páramo. Mientras unos no pueden regar sus plantas, sus pequeños jardines, mientras a otros no les llega el agua, los hay que pasean con ridículos coches por parques imposibles en nuestro orden natural.
Alguien podrá decir lo mismo de los campos de fútbol, y se equivoca. Son tan pequeños los campos de fútbol y tan abundantes los de tierra, que esto se vuelve un ejemplo más. El Golf necesita muchísimo espacio y una cantidad de agua inmensa, una cantidad de agua que en Levante, Extremadura, Andalucía... no tienen.
Y el agua es de todos, se supone. Administrarla de forma ordenada, dejando al margen el deporte y el ocio, es una asignatura pendiente de las que hacen repetir curso.
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Despedida a Luis Carandell
Me pregunto de que extraña e irrepetible novela de ciencia-ficción salió un día Luis Carandell. Ciencia-ficción o el mejor realismo mágico americano, como aquellos personajes de García Márquez que volvían de la muerte y arañaban la cal de las paredes. Caminando por las calles parecía llevar escondido un verso, planear un atraco, resucitar la vieja historia de una iglesia o una fuente. Todo le gustaba y todo parecía estar hecho para que él lo entendiera, lo explicara, le diera voz y forma.
Luis Carandell hizo milagros de las anécdotas e inventó un género literario, (que tuvo en Celtiberia Show su máximo esplendor). Rico por su exactitud, por su interés, y por conseguir que podamos reírnos de nosotros mismos, que como ahora sabemos, es la mejor forma de reír. Hizo de la ironía toda una forma de sabiduría, y de la sabiduría una forma mágica de sencillez, humildad y simpatía.
Vivía en la misma casa en la que vivió mi abuela. Me gustaba mandarle mis libros y hablar con él por teléfono de poesía hasta que tenía que terminar el artículo, recibir una visita o hablar por la radio. La última vez que hablé con él, fue hace dos o tres meses para meterle en un homenaje a José Agustín Goytisolo, me dijo que se encontraba regular pero que estaría en el homenaje, de alguna forma estará.
Recuerdo el verso con el que Luis Cernuda despidió a André Gide, “bien pocos seres que admirar te quedan...” Personajes como Luis Carandell, pocos, muy pocos...
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Rafael Pérez Estrada
Va a llegar otro otoño y tampoco estará con nosotros Rafael Pérez Estrada. Extraño abismo la costumbre. Yo hay ausencias a las que no me acostumbro. Todavía espero su llamada, la carta perdida, la voz de siempre al otro lado del teléfono. Pero Rafael no contesta y solo tenemos sus libros para encerrarnos en nuestra red, condenar al león, besar a la niña muerta que corre por la playa, cambiar las monedas del sueño y la tristeza.
Rafael Pérez Estrada nació en Málaga en 1934. Abogado de profesión, siempre se dedicó en cuerpo y alma a la literatura. Rompió con todos los moldes e inventó una forma diferente de escribir, una ventana amarilla e inclasificable, una luz extraña y poderosa que consistía en meter en una frase todo un mundo. Sólo Rafael ha sido capaz de escribir un poema que es una novela, una novela que es un aforismo, un aforismo que es un espejo roto, un abanico y un poema.
En todos sus libros hay una llama distinta, un punto donde todo cambia, una verdad falsa que a todos encadena, una falsa verdad que a todos engaña. Cuando era un niño le dijo a su madre que quería meter en una jaula a su ángel de la guarda, ¿quién duda de que lo hizo?
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No se trata de un partido
Vive estos días en el pensamiento y la boca de todos la discusión sobre la legalidad de HB. Yo creo que nunca se debe ilegalizar un partido político, nunca, la libertad de expresión está por encima de todo. Pero es que HB no es un partido político, no lo ha sido nunca, es simplemente la faceta socio-política de una banda terrorista, nada más, es una gran máscara que sirve para ganar dinero, engañar a cuatro ilusos y enmascarar a un montón de asesinos.
Luego están los que piensan que ilegalizar HB es abrir la puerta a nuevos atentados, pues a estos hay que decirles dos cosas muy claras, la primera es comprender que esa puerta lleva terriblemente abierta más de veinte años y la segunda es aclararles que si la ilegalización de HB está íntimamente relacionada con futuros atentados, su hermandad con ETA queda más abierta que nunca, más clara.
Hay muchos partidos políticos que no nos gustan, que nos avergüenzan, conozco uno, llamado Democracia Nacional (el nombre es toda una paradoja) que empapela mi barrio con carteles sobre la necesidad de expulsar a todos los inmigrantes de España, no comparto sus ideas pero me parece lógica su existencia, incluso necesaria.
Pero HB ha demostrado tantas veces estar en la misma cuerda de los que disparan que su existencia es un claro peligro.
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Una niña de seis años
Me pregunto cuanto odio en la sangre hace falta para matar a una niña de seis años. Nacionalismo. ¿Pero qué es el nacionalismo? Teniendo en cuenta como evoluciona, política y socialmente, la sociedad europea de hoy, el nacionalismo no es nada. Ser francés, italiano, español, portugués, es algo que tiene una importancia pequeña, muy pequeña.
Me da la sensación de que ETA es una máquina de matar sin límites ni creencias claras, me recuerda a uno de esos coches asesinos que siguen caminando sin conductor y que sólo se paran cuando les falta la gasolina (algún día les faltara, eso seguro).
Y mi opinión sobre el nacionalismo se mantiene erguida en todas las posiciones, no me parece demasiado importante la pertenencia a España del País Vasco, u otros lugares, creo que se puede establecer una forma de convivencia donde los nombres queden en una posición de relativa importancia. Recuerdo un artículo extraordinario de Arturo Pérez Reverte, que se titulaba: Yo soy de Cartagena ¿y qué? Pues eso, el título lo dice todo.
Hay una niña de seis años que no volverá al colegio el próximo septiembre, eso es más grave que todas las nacionalidades, las raíces y las trampas que los hombres hemos ido construyendo para envenenarnos.
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Criticos falsos
Azorín fue durante muchos años el crítico de poesía del A.B.C, eligió escribir sobre poesía porque sabía que nunca publicaría un libro de versos. Decisión inteligente y por supuesto honesta, de esas que ahora faltan en nuestra realidad intelectual.
No me gustan nada los críticos poetas, y es que muchos huelen al arbitro que también es delantero de un equipo, al estudiante que sabe las preguntas, al hombre que tira la piedra y esconde la mano. Un critico de poesía que también es poeta tiene una credibilidad tan reducida como la de un juez que juzga a su hermano, a su enemigo, o a su propio padre. Es esa extraña actitud de querer estar en todas partes, de querer participar en todos los juegos, y ser siempre, de una forma, o de otra, el protagonista.
Y la verdad es que muchos son poetas mediocres, cuya poesía nunca ha interesado a nadie, de los que se quedan en la maleza, en la pequeña realidad, y suben, poco a poco, porque les ayudan otros poetas que se han visto beneficiados por su crítica. Y los hay, encima, cobardes, incapaces de firmar sus comentarios para no comprometerse.
Son desde luego, un pequeño lunar, en un país donde la poesía tiene una importancia cada vez más grande.
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Música en crisis o crisis de música
Se habla mucho estos días del gran problema que tienen las discográficas y los autores musicales con la piratería, y de verdad lo tienen, porque se trata de uno de los delitos más consentidos que existen, todos compramos, hasta los mismos músicos, y eso lo convierte en un problema de solución difícil.
Pero la verdad es que la música vive otro problema más grande, y se trata de un problema de creatividad, de talento, de valor musical. Si le quitamos al panorama de la música moderna, todos los miembros nefastos de Operación Triunfo, todos los guapos engañabobas, todos los hijos de otros músicos, y todos los famosillos que también cantan, si quitamos todo eso nos daríamos cuenta de que no hay nada, nada. Yo llevo no sé cuanto tiempo sin escuchar un grupo español nuevo que cante algo interesante. Entre el agujero pesadísimo de la canción del verano, y otras monsergas del marketing más cutre, la música se está convirtiendo en una pista de aterrizaje donde todos los aviones se estrellan.
Y no dudo que el problema de la piratería tenga mucha culpa en todo esto, pero hace unos años también existían las cintas piratas y todos los cursos surgían uno o dos grupos valiosos.
Mirar atrás es bueno a veces, dice la copla, espero que alguien lo haga y se dedique a hacer música pensando más en el corazón y menos en la cartera.
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Todos mienten
La verdad es que vivimos en el mundo de la mentira, de la gran mentira hecha pedazos, extendida por tantos lugares... a veces da la sensación de que vamos golpeándonos contra los muebles de casa, porque no hay forma de ver la luz. Todos, todos mienten, todos miran sus intereses, su grandeza, su miseria, su dolor grande y pequeño de cada día, y mienten.
En la pasada Huelga General vimos como cada periódico, cada radio, cada medio, cada político hacia suya una realidad a la medida y forma de sus intereses, y siempre hablando de una forma desenfrenada, absurda, que llega con claridad a lo ridículo, a lo imposible. ¿Pero donde está la verdad? Yo y otros tantos sabíamos los titulares de los periódicos antes de que se realizara la huelga. Parece todo preconcebido, todo hecho, como si la gran maquinaria del poder tuviera escrito el futuro en su gran agujero.
Lo demás es seguir adelante, buscando la belleza de cada día en lo más pequeño, en lo que nunca cuenta, y asumir, que si las cosas cambian, lo harán tan despacio, que ni siquiera podremos verlo.
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El Mundial
Pocos acontecimientos actuales me parecen tan importantes, emocionantes, conmovedores y esperados como un Mundial de Fútbol. Yo llevo no sé cuantos años deseando que llegue un Mundial. Como tantos y tantos aficionados podría estar horas hablando de los partidos pasados, hemos ido creciendo con el mismo sueño roto y abierto.
En México 86 yo tenía 11 años y sin embargo recuerdo como si fuera ayer los cuatro goles de Butragüeño a Dinamarca, recuerdo que por el cambio de hora, el partido lo tuvimos que ver de madrugada y nuestras madres estaban horrorizadas, y eso que ya estábamos en las vacaciones de verano. Al día siguiente, una perfumería de la madrileña calle Narváez, se quedó sin productos. Medio Madrid quiso comprarle una colonia a la madre del chico que marcó los 4 goles.
Viendo los partidos de fútbol de los mundiales se puede aprender más de la vida que leyendo algunos libros o escuchando a determinados señores. Ahí están vivos el esfuerzo, la genialidad, el trabajo, la suerte, la derrota, el respeto, el éxito, la admiración, la competencia... En un mundial se ríe y se llora como en un teatro demasiado auténtico.
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La Rosa más injusta
No creo que nadie tenga dudas sobre la enorme ventaja con la que Rosa, la popular cantante de Operación Triunfo, tiene en el festival de Eurovisión. Ventaja porque ninguno de los otros participantes ha tenido la promoción y el estallido mediático que esta chica ha vivido en los últimos meses. El caso de Operación Triunfo ha llegado a todas las televisiones europeas, a los periódicos... su música se puede comprar ya en Francia, en Italia, en Alemania, y algunas televisiones extranjeras preparan su versión propia.
Si fuera uno de los participantes de este concurso me sentiría muy discriminado con respecto a la chica de Granada. Media Europa va a estar pendiente de ella y no sé porque tengo la sensación de que va a ganar con facilidad. En España ya se vivió una situación parecida con el caso Massiel, que cantó después de una gran polémica.
A mi ninguno de los participantes de Operación Triunfo ha conseguido cautivarme con su música, parecen salidos de un mismo molde: hijos musicales del marketing más exhaustivo, de los anuncios y la fiebre televisiva.
Cuando los escuchas con calma parecen esos cantantes que animan en las fiestas de los pueblos, en las bodas cutres y en los bautizos.
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Las palomas
Ahora está de moda decir que las palomas son uno de los grandes problemas de nuestras ciudades. Aunque parezca increíble han organizado un congreso para debatir este curioso problema, en España existe una enorme afición por organizar congresos absurdos que no sirven para nada.
He oído que las palomas son ratas con alas, que destruyen los edificios, que molestan, que saturan las plazas... Pero ahora también es el momento de decir lo importantes que son las palomas en nuestras ciudades, ocupan su espacio como nosotros el nuestro y las necesitamos para no ver siempre el mismo suelo, el mismo color.
A mi me gustan las palomas porque tienen una alegría especial, una ternura, un matiz. Recuerdo las palomas de Londres mucho más confiadas que las españolas, más sociables. Las palomas de Roma sobre estatuas y ruinas, las palomas y las gaviotas grises del puerto de Nueva York, las cercanas al Sena en París, las que pasean y se cobijan de la lluvia en Santiago de Compostela...
Algunos parecen intentar que nos quedemos solos en las ciudades, que acabemos hablando con los semáforos. No entienden que las palomas, los gatos, los gorriones... estaban antes que nosotros, y su presencia hace feliz a mucha gente.
Algunos días, mientras trabajo, una paloma se posa en mi ventana, siempre la misma, una paloma blanca, muy delgada, que mueve la cabeza y parece querer verlo todo. Se pongan como se pongan, está en su casa.
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Chavela Vargas, la de antes
Algo se me rompe cuando oigo a Chavela Vargas cantar sus canciones de siempre con su voz de ahora. Yo he crecido escuchando a Chavela, mi padre es un gran aficionado a la música mejicana, y aquellas canciones me gustaron y sorprendieron desde niño. Según fueron pasando los años a mi hermano y a mi nos fue gustando Chavela cada vez más, y al final acabamos buscando y grabando los viejos discos de mi padre. Su música tenía un temblor especial, un dolor especial, era ese grito que sale de la tierra, que se tiñe de alcohol, y nos llena por dentro como una herida.
Tuve la suerte de conocer a Chavela Vargas hace unos meses, cuando vivía en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Después de tantos años escuchando su voz conocerla fue una experiencia maravillosa, en diez o quince minutos pude disfrutar de su inteligencia y su ironía.
Pero Chavela ha perdido su voz en una de esas trampas que extiende el tiempo y su música de ahora parece una auténtica broma, en algunos casos ni siquiera canta, en otros se deja llevar por sus letras y hace lo mínimo para que la escuchen. Seguramente Chavela es la primera que siente y vive todo esto, y ha tenido que alargar su carrera musical por razones personales o económicas. Seguramente en los años de mayor éxito, en los años en los que gozaba de aquella voz envidiable, no tenía el apoyo mediático y social que tiene ahora y hay situaciones que es durísimo dejar pasar.
No creo que ninguno de los que hemos escuchado los buenos momentos de Chavela nos quedemos con las canciones y las grabaciones de ahora. Es más, también el tiempo hace justicia con los genios, y dentro de un periodo, sólo se escucharan sus años buenos.
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Roma, nube, nieve
Hace diez años escribí un poema que se titulaba: Roma, nube, nieve. Recuerdo que le gustó mucho a mi amigo Rafael Pérez Estrada (Rafael, te echamos de menos). Lo escribí después de ver Roma por primera vez, en un viaje que hice con el colegio. En aquel momento Roma me pareció un lugar increíble. Todo lo que veía me parecía hermoso, era como si estuviese en un lugar imposible que se hacia verdad para que yo lo viera.
Ese poema me salió nada más llegar como si lo tuviera en la maleta, en las revistas y los periódicos que traje de Roma.
Hace dos días que he llegado de Roma y mis impresiones son muy distintas. No quiero decir que no me guste la ciudad. Roma tiene lugares de una belleza única. Desde el Foro, que se mantiene vivo como un milagro, hasta las zonas más populares, Roma es una fuente de sorpresas, de magia...
Pero me da la sensación de que el tiempo hace que uno valore otras situaciones, se fije más en otras circunstancias. Por ejemplo, eso de que los romanos vean en cada turista un objetivo, alguien a quien robar, engañar, equivocar... o la suciedad de las calles, la poca efectividad de los transportes públicos, el desastre del tráfico, el caos generalizado de la administración, la forma de tratar a las mujeres...
Seguramente esto sea sólo un lunar en una ciudad que lleva siglos enamorando a sus visitantes. Pero yo me pregunto, ¿Como sería Roma sin todo esto?
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Miguel Hernández en televisión
Una de las mejores series de televisión que se han hecho se llamó: Lorca, muerte de un poeta. Y no sólo contribuyó a aumentar la fama internacional del poeta granadino, sino que tuvo inquieto a todo el país, como ahora el gran Imanol Arias y su Cuéntame.
Aquella serie supo encontrar al mejor Lorca, al mejor Dalí, al mejor Antonio Machado, al mejor Alberti... hasta las voces eran perfectas. Me pregunto porque no habrán buscado al chico que hizo en aquella serie de Miguel Hernández, pues era mucho más auténtico que nuestro Liberto Rabal.
El Miguel Hernández de Liberto Rabal es un poeta de diseño, de falsete, que parece un cantante de Operación Triunfo o un niño de Al salir de clase. En ningún momento ha sabido captar la ingenuidad, la brillantez, el orgullo, la rudeza, la soberbia, y la personalidad de Miguel Hernández. Ni siquiera algo tan sencillo y pleno como el acento, la música en voz de cada tierra, ha sabido hacer Liberto Rabal.
Y para que hablar de García Lorca. Los que han hecho la serie han debido pensar que Federico García Lorca era el Boris Izaguirre de los años treinta, nada tan absurdo y alejado de la realidad. Sólo se salva Silvia Abascal y el actor que interpretó a Ramón Sijé, que aun exagerando un poco, sabe encontrar la esencia del ensayista.
Menos mal que Televisión Española puso la serie de un tirón y con anuncios cada veinte minutos. En su propia equivocación está el acierto.
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Ser monja para esto
Vivir para ser esto, dijo Luis Cernuda en su gran libro Con las horas contadas.
Ahora una monja expulsa del colegio a una niña porque su padre se empeña en que lleve el chador que dicta su cultura y su religión. Después la polémica, la radio, los periódicos, las televisiones, la niña asustada, el padre reivindicativo... todo este circo inmenso, grotesco y fantasmal, que construimos y deshacemos cada día.
Pero con todo, la famosa monja es la que demuestra menos sentido común y sobre todo menos respeto a sus pensamientos. Porque la religión católica se basa en una serie de leyes que se resumen en una, Amar al prójimo como a ti mismo y a Dios por encima de todo. En esta frase esta encerrado todo el sentir y la esencia del catolicismo. Y no se trata de judíos, de católicos, de negros, de grises, de poetas o de panaderos, se trata de querer a los demás como a uno mismo. Y no se trata de vivir y dejar vivir, ni de ser bueno con los que te rodean, los que te quieren, los que te defienden y los que piensan como tú. Se trata de querer por igual y con la misma fuerza a todo el mundo.
Meterse con un niña, o con el padre de una niña porque no quiere pertenecer a una religión a la que tú perteneces, es ser un mafioso y un inculto, pero sobre todo, y tratándose de una monja, es negar todo por lo que se supone ha dado su vida.
Ahora la estupidez sucede al crimen, vuelve a decir Luis Cernuda.
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Matones de discoteca
Uno de los lugares que recuerdo con más tristeza, con más desazón, son las discotecas. Las recuerdo como lugares inhóspitos, abarrotados, sucios, oscuros, donde corríamos detrás de alguna chica como si fuera ese tronco que te salva del naufragio. Ese paso que tiene la adolescencia de pensar que todo es imposible, todo absurdo, tiene en las discotecas su capitalidad y su manzana. Mi poema La soledad del poeta, de sólo dos versos, lo escribí en el cuarto de baño de una discoteca, dice:
“Terrible soledad la que habita entre miles de presencias”
Y es que yo en las discotecas me sentía muy muy solo. Miraba a los demás como fantasmas que intentaban lo mismo que yo y tropezaban en mis mismas piedras. El volumen de la música y el alcohol aumentaban esta sensación fantasmagórica.
Y con todo, lo peor de las discotecas eran los matones que trabajaban en las puertas. Llevo años sin ir a una y desconozco a los de ahora, aunque las últimas noticias parecen explicar que no han cambiado mucho. No sólo eran clasistas, grotescos y absurdos, sino que trataban a los clientes del local con un desprecio propio de los ignorantes y los mentalmente muy limitados. Eran gente que tenía en la violencia su única posibilidad de comunicación, con tres palabras que les dijeras sobre su forma de actuar, sobre su actitud, estabas ganándote un puñetazo o una patada.
Al final de aquellos años empezamos a sentir un enorme orgullo si un matón de discoteca no nos dejaba entrar, saber que a uno de estos energúmenos no le gustábamos era sentirnos más cerca de la parte más noble del mundo.
Recuerdo que en una ocasión íbamos un montón de amigos a una discoteca, cuando estábamos cerca nos juntamos con gente de fuera de Madrid, el matón de turno no les dejó entrar, por supuesto nos fuimos todos a un bar cercano y pasamos una noche magnífica.
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Cartagena
Yo soy de Cartagena. Nací en Madrid, y adoro esta ciudad, pero soy de Cartagena. La verdad es que es algo difícil de exponer, esas cosas que uno no entiende y sin embargo acepta con dignidad.
Cuando cojo el tren en Atocha y llego a la estación de Cartagena, una de las más hermosas de España, siento algo especial, como si me encontrara en la tierra de la que nunca debería haber salido. Luego camino por sus calles y el tiempo parece llevar un recorrido distinto, la luz cambia por ahí por el puerto y la noche se llena de silencio y de luces.
Y ahora en marzo, (¡que pronto llegará marzo!) el campo de Cartagena alcanza un color único, un azul que llena el aire, un rojo de tierra, y de sangre, y de mar, y de cielo, que cuando te dejas vencer, entra hasta el final de ti mismo y te apaga las preguntas.
Cartagena tiene color de hierro viejo, de ancla perdida, abandonada, cubierta de moho y de liquen. De moneda antigua, hallada más allá de los campos, de misterio romano, y de vieja sirena más allá de la vida y de la muerte.
Ahora que son las doce y media de la noche en Madrid, algún perro viejo cruza la solitaria calle Mayor de Cartagena, con unos ojos muy tristes, y un orgullo especial.
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La tristeza de los Ultras
De una forma casi obligatoria, cada quince días me encuentro cara a cara con ultras, nazis, cabezas rapadas u otros energúmenos de estas turbias características... La verdad es que además de miedo y asco, dan mucha, muchísima tristeza... Da la sensación de que sobre sus espaldas pesan todas las miserias de nuestra sociedad acumuladas y enriquecidas. Y su gran problema es la agresividad, una agresividad que llevan dentro de su cuerpo y que necesitan, de una forma casi compulsiva, expulsar al exterior.
Muchas veces me parece que esa agresividad es la única manera de la que saben expresarse, comunicarse. Casi no saben hablar, no tienen cultura para relacionarse con un número muy elevado de sus semejantes, y la necesidad de ponerse por encima, de querer ser alguien en algún sitio, les hace imponer sus puños, sus patadas y su irracionalidad. Es como el niño que no tiene juguetes y rompe el de sus compañeros, para que se queden como él.
Y la pregunta no debe ser que culpa tenemos nosotros en todo esto, sino de que forma se podría frenar el impulso agresivo de todos estos chicos. Porque no es difícil descubrir que muchas de las personas que podrían hacer algo por esta gente miran a otro lado, o buscan una solución falsa.
Y así van pasando los años mientras unos mueren en las puertas de los estadios, otros callan, y otros se esconden.
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Un premio falso para Tito Valverde
La puesta en escena de unos nuevos capítulos de la serie televisiva El Comisario han colocado a su actor principal, Tito Valverde, en el punto de mira de telediarios, y periódicos. Tito Valverde hace una interpretación magnífica en la serie de televisión, y no es la primera vez que le vemos haciendo un buen trabajo. Yo no olvido la interpretación que hizo, hace ya más de diez años, de Luis Buñuel en la serie: Lorca, muerte de un poeta. (Y eso que de este papel nadie habla ahora)
También se habla de que hace unos meses le concedieron la Medalla al Mérito Policial. Y yo me pregunto: ¿el mejor policía de este país es un actor? ¿la ficción es más importante que la realidad? ¿se imaginan a Javier Bardem recibiendo el premio Nobel de literatura que no pudo ganar Reinaldo Arenas?
Tito Valverde tiene que estar entre los actores elegidos para los Premios Goya, o los Amigo, o los Ondas, o los TP, que uno no sabe ya a que premio debe optar cada uno. Pero el de la Policía es para ese otro hombre anónimo, pequeño, imperfecto, que se juega la vida cada mañana y no conoce camerinos ni pruebas de ensayo.
Lo que ocurre es que ahora todo parece girar en sentido contrario. Y hay que ponerse unas gafas inmensas para encontrarle a la mentira de cada día, un minuto de realidad.
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¿Quién es el último? Variaciones sobre un tema de Larra
Mariano José de Larra escribió un artículo titulado Vuelva usted mañana, que lleva más de 200 años definiendo el día a día de este país. Seguramente es uno de los artículos más conocidos de un escritor que supo, como nadie, describir la entraña de su tierra. El amor le rompió la pluma y su pistola reposa hoy en un museo.
Ahora, a este tema comentado y estudiado por todos, habría que añadirle una segunda frase: ¿Quién es el último? Porque cada vez que entramos en un lugar: banco, hacienda, correos, tiendas, oficinas, ayuntamientos... tenemos que hacer la preguntilla. Después llega la resignación mientras vemos como pasa la mañana, o la tarde, o la noche, según se camine.
Y en estas esperas surge toda una cultura, los hay que hacen amigos, que hablan por teléfono, que estudian, que piensan... y los hay que maldicen su suerte, insultan a los funcionarios o vigilan con auténtica agresividad que nadie se cuele.
La postura mejor es recordar a Larra. Pensar que detrás de cada ventanilla que se cierra, de cada funcionario dormido, de cada cola interminable, hay 200 años de españoles esperando, viendo pasar inútilmente la mañana, maldiciendo, enamorándose...
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¡Feliz 1948!
Ayer escuché en la radio (¡que gran invento la radio!) a una mujer que al llegar el 31 de diciembre celebra siempre la llegada del año 1948. El paso del tiempo, el cambio de las cifras en el calendario, no tienen importancia para ella, al llegar el 1 de enero vuelve 1948 como un viejo amigo de los que no fallan.
Poco importan los motivos... por lo visto 1948 fue el año mejor de su vida. Ahora siente la necesidad de volver atrás, de acercarse como sea a ese tiempo pasado, y cada 1 de enero busca la forma de encontrarlo un poco, de vivirlo un poco, otra vez. Ese sentimiento que tenemos todos de volver al pasado, de encontrarnos con el que fuimos. Ver los rostros de ayer, la realidad que un día nos cambió el color y el viaje de la vida.
Me impresionó lo de esta mujer. Aferrarse al pasado de esta manera es darle a la nostalgia un peso tan grande que lo mueve y lo cambia todo. Es como ese señor que todos los 22 de diciembre pasea por la calle donde conoció a su mujer, y se sienta en el mismo banco donde se besaron por primera vez.
Los nietos de esta señora le llaman el 1 de enero y le dicen: ¡Feliz, 1948! Ellos saben que, a veces, para seguir viviendo, hace falta incluir en el presente, una luz vieja del pasado.
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El apagón
Me encantan los apagones, es una debilidad, un capricho. Reconozco que un apagón en horas de trabajo puede ser terrible. Que se apagan las cajas registradoras, los cajeros, los ordenadores, y todo parece envuelto en un aroma de caos y oscuridad. Pero el apagón tiene ese arte del paréntesis... todo se queda en espera, en silencio, nos miramos unos a otros y nos encontramos en una espera cálida y hermosa.
Y luego las velas. El apagón enciende las velas de las casas y aparecen nuestros fantasmas envueltos en sombras y en viejos muebles. Sí miras por la ventana la ciudad parece un laberinto de negruras, sólo las luces de los coches iluminan las calles, y alguien puede estar haciendo cualquier cosa en esa esquina.
Los apagones sólo deben entenderse como pequeñas invitaciones a la reflexión sobre nuestro tiempo. Nos sirven para saber que la sociedad avanza, evoluciona y cada día consigue algo capaz de hacernos la vida más fácil, más cómoda; pero todo esa ciencia, toda esa tecnología tiene un punto final y un fallo posible, y cualquier tropiezo nos devuelve a encender una vela, a tropezar con un cable.
¿Habéis leído alguna vez un poema a la luz de una vela? Hacedlo, la poesía y la luz de las velas tienen un lenguaje parecido, un mismo color.
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Navideños asesinos de árboles
Hay quien dice que si perdemos los árboles lo perdemos todo, y no se equivoca. Pero llega la Navidad y los árboles se arrancan de la tierra para venderlos y dejarlos morir en los salones y en los portales de las casas. Eso si, llenos de bolas, de luces, de adornos... y de regalos. Luego llegan los días 15, 16 y 17 de enero, y los árboles ya secos, sin adornos, sin bolas y sin luces, se encuentran en los contenedores y en las basuras.
Hay que estar muy loco para poner en un piso un pino auténtico y llenarlo de luces. Yo llevo años preguntándome las razones de todo esto. No critico a los que ponen en sus casas árboles de plástico, de goma, o los que tienen la suerte de tener un jardín y el árbol no sufre las consecuencias, pero los que compran un árbol vivo, y lo ponen en su salón deberían plantearse el verdadero significado que tiene para ellos la Navidad.
Algunos me cuentan que la tradición del árbol viene de Estados Unidos, donde los árboles de Navidad son toda una cultura. Deberán saber que Estados Unidos es uno de los países con mayor cantidad de árboles y de madera del mundo, y también que esos árboles suelen estar situados en jardines o en terrazas.
Celebrar la Navidad matando un árbol es un capítulo más del circo grotesco y comercial en el que se está convirtiendo la Navidad, y al que ya estamos demasiado acostumbrados.
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Miguel Hernández
Miguel Hernández es el mejor poeta, en castellano, del siglo XX. Murió con sólo 31 años y dejó una obra tan extensa como poderosa. Cada cierto tiempo, como un ritual, uno descubre en la poesía de Miguel una luz nueva que no había escuchado en otras lecturas; es un poeta de una modernidad tan inusual que siempre nos parece distinto.
Su historia es la del amor a la poesía por encima de todo. Es la de sentir el vértigo de ser poeta como quien siente la llamada del amor, de sus padres, de sus hermanos. Miguel Hernández se hizo poeta porque no podía ser otra cosa, y desde ese momento no dejó de luchar contra todo y contra todos por hacer firme su sueño y su verdad. Supo hacer de su rudeza, de su cultura un estado de ánimo perfecto para escribir, y convirtió la poesía en ese arte pequeño, mágico, vivo, al alcance de todos y de ninguno, al beso del aire y de la tierra.
Su último libro, “Cancionero y romancero de ausencias” es de esos libros que te llenan el pecho de amor y de llanto. Muchos de los poemas breves del Cancionero dicen en tres o cuatro versos la mejor verdad del mundo y de la vida. Esa mujer, morena, resuelta en luna, derramada hilo a hilo, sobre la cuna de la vida, es la madre del niño que siempre somos, o siempre nos espera.
Las tres heridas de Miguel Hernández las llevamos todos en el corazón, como el poema que se nos clava nada más nacer.
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Vivir en la escalera
Volví de vacaciones tres días antes de lo anunciado en mi casa y cuando llegue al portal descubrí que había olvidado las llaves en un cajón del hotel. Yo que nunca olvido nada descubrí aquello con gran tristeza. Era el trece o catorce de agosto y Madrid estaba vacío como sólo Madrid se vacía en agosto. ¿Qué hacer? Llame corriendo al hotel y pasé la noche en la escalera, extendí allí mis maletas, me fui a cenar y al día siguiente recogí las llaves en una empresa de mensajería. Lo curioso es que por la mañana me vio una vecina de las que tienen miedo al ascensor y al verme me dijo: ¿qué haces? yo le contesté una frase que no he olvidado: Vivo aquí.
Escribo esto porque tal y como se están poniendo los pisos en esta y en otras ciudades algunos vamos a tener que vivir en la escalera, o por lo menos colocar en la escalera la nevera, la mesa de despacho, un armario... y si no se quejan los vecinos, un enorme aparato de música.
Y por lo visto en las grandes ciudades europeas todavía es peor. En Londres y París se alquilan o venden apartamentos de veinte metros cuadrados con la cocina en el cuarto de baño y la cama vaya a saber usted donde...
¿Qué espacio necesita un hombre para vivir? Seguramente esta pregunta no tiene respuesta, pero las ciudades del futuro se están encargando de hacerlo cada vez más pequeño, y no tardaremos en añorar la cueva de Altamira, o el pueblo desaparecido de los abuelos.
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Halloween, la noche de los tontos vivientes
Esta noche, al salir de un restaurante, se me ha acercado una chica disfrazada de bruja y me ha dicho: ¡Feliz Halloween! Sin pensarlo dos veces le he contestado: ¿Eso qué es? Perdonadme la pedantería, el snobismo, pero ante algunos comportamientos es la forma más certera de actuar.
Me pregunto hasta que mundo es capaz de llevarnos la televisión. Durante estos días he visto anuncios de fiestas de Halloween en bares de copas, restaurantes y hasta en algún colegio donde han organizado una fiesta de disfraces. La fiesta de Halloween es una de las más antiguas del mundo. Romanos y Celtas la celebraban de forma especial. Pero en las celebraciones que estamos viviendo ahora, aquí, hay sólo un vulgar ánimo de imitación. Ese complejo de ver algo en la tele, no entenderlo, no profundizar en su historia, y sin embargo querer convertirlo en tu propia forma de vida.
Recuerdo un libro que leí hace años sobre el nacimiento y la evolución de las fiestas populares. A través de esas fiestas se veía el alma y la forma de ser de todo un pueblo. En esas fiestas la cultura del lugar, la forma de ser de sus habitantes quedaba expuesta como la ropa tendida, o los paisajes. Nacían esas fiestas del recuerdo de una batalla, del amor frustrado de una pareja, del recuerdo de una gran lluvia, o de un hombre que no puede soportar el calor y decide mojar a los que pasan por la calle.
El Halloween que nos proponen los chicos y chicas que caminan por las calles vestidos de asesinos, o de fantasmas, o de brujas... es una fiesta copieteada de series de televisión, que pierde toda su personalidad al cruzar el océano, y que por mucho que insistan, no engaña a nadie.
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La Casa de América, mejor con fantasmas
Ayer estuve en La Casa de América, antiguo Palacio de Linares, y debo confesar que a mí me gustaba más con fantasmas. No quiero decir que La Casa de América no este haciendo una interesante labor cultural, pero hay que reconocer que tener en el centro de Madrid un palacio abandonado, con aquel jardín lleno de malas hierbas, y aquellas ventanas rotas, era todo un lujo.
En el Palacio de Linares viví uno de los momentos más misteriosos de mi vida. Antes de que saltara a la luz pública la presencia de fantasmas en el palacio yo me enteré por un periodista conocido de mi padre. Llamé a un amigo y no dudamos en acercarnos al palacio. En ese momento, la “Casa del Guarda” estaba en obras y no nos costó demasiado entrar, cruzamos el jardín como viviendo dentro de una película. Más allá de la verja, algunos esperaban la llegada del autobús, subimos las escaleras y al comprobar que la puerta estaba abierta, nos miramos sin saber que hacer.
Por supuesto decidimos entrar, abrimos la puerta despacio y nos situamos en un recibidor amplio, oscuro, con un enorme espejo apoyado en una pared, y otro de menor tamaño en el suelo. La presencia de aquellos espejos nos impresionó, segundos después nos descubrió un guarda que venía del interior del palacio y salimos corriendo.
No vimos ningún fantasma aquella tarde, pero en aquel jardín, y sobre todo en aquel recibidor se respiraba un aire especial. Como si aquellos espejos se fueran a romper en cualquier momento.
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La guerra
Recuerdo a mi amiga Gloria Fuertes cuando me hablaba de la Guerra Civil. Cincuenta años después de todo aquello todavía se le humedecían los ojos al describirlo. Me contaba que en los primeros meses parecía una broma, se hacían chistes y la gente de la calle protestaba porque debían cambiar sus vacaciones. Luego la broma fue convirtiéndose en tragedia, y nuestra magnífica Gloria llegó a pesar menos de treinta kilos.
A lo largo de la historia se suceden las anécdotas, y en cada familia hay un dolor quemado entre papeles, fotografías, recuerdos... Es tan trágico como increíble las cosas que pueden llegar a cambiar una guerra. Parece como si marcaran el principio y el fin de la historia de los países, como si todo lo importante sucediese antes o después de las guerras.
Seguramente para saber lo que se siente en realidad en una guerra hay que vivirla, perder a los amigos, a los padres, a los hermanos, y seguir caminando sin entender nada, recuperando las fuerzas poco a poco, seguramente sin olvidarla nunca.
Digo esto porque me da la sensación de que muchos de los que en los últimos años fomentan y permiten las guerras no las han vivido. Y tendrían una actitud diferente si hubieran nacido en otro país, en otra familia, o en otro tiempo.
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New York-Afganistan, el dolor es el mismo
Cuando dos o tres días después del atentado en Nueva York nos contaban el caso de los niños que esperaban, sin entender nada, en las guarderías y en los colegios, se nos congelaba la sangre y la esperanza. Todas las historias que han llegado de ese día son tan trágicas como conmovedoras, esa mujer que le deja un mensaje final a su marido en el contestador automático, o el que llama desde el avión para despedirse porque comenta con todo el miedo del mundo: no sé que va a pasar.
La circunstancia política, geográfica y social de España nos hace conocer bien estas historias que estoy contando, hemos visto las imágenes de las torres mil veces en televisión, y los que sentimos algo especial por esta ciudad americana, nos ha parecido perder algo muy cercano.
Pero no podemos olvidar que el mismo dolor lo están sintiendo ahora en Afganistán, los mismos niños están esperando en las mismas guarderías, la soledad de esos niños es la misma.
En el preciso instante en que Estados Unidos mata a un niño, hombre, mujer, inocente, se está convirtiendo en el mismo asesino que estrella su avión contra una torre. El reto, el verdadero reto está en coger al culpable sin que mueran los que no lo son, eso es lo que haría un auténtico héroe, lo contrario es convertirse en su propio enemigo, y matarse de una forma o de otra.
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Guerra de cambios
Es increíble la de cosas que está cambiando este principio de siglo. Mirar hacia atrás se convierte en una acción de vértigo y aventura. Hasta la guerra, que es la acción más antigua y horrible del mundo, ha cambiado sus modos, y ha perdido sus formas más tradicionales.
Lo cierto es que cuando el once de septiembre se derrumbaron las Torres Gemelas, yo pensé que Estados Unidos iba a dejar Afganistán como el desierto de Arizona, más o menos. Y ahora resulta que ha pasado un mes, que cuentan con un apoyo casi mundial, y que han conseguido asegurar la autoría del inmenso atentado.
Yo he sido contrario a la política exterior de Estados Unidos siempre, porque la he encontrado injusta, caprichosa y sobrada de prepotencia. Una política capaz de jugar con miles y miles de personas inocentes según exista un interés económico o social, sin más reglas o misterios.
Sin embargo creo que ahora es diferente. Por ahora Estados Unidos está respondiendo a un ataque desmesurado y de consecuencias insospechadas, y lo está haciendo, hasta hoy, con cierta cordura, midiendo mucho sus acciones, y con algo que no había tenido nunca: temeridad, parece que han visto las orejas de un lobo que llevaba años aullando sin ser oído.
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La soledad
La primera vez que me encontré con la soledad rostro a rostro, y que nos miramos como dos animales a punto de devorarse, fue un verano en Inglaterra. Apenas tenía doce años y fui a pasar el verano en un viejo castillo cerca de Londres. Nada más llegar todo me parecía diferente, el color de las cosas, el sabor de los alimentos, la conversación, las amistades, parecía que la soledad se lo tragaba todo y me lo devolvía herido, hueco.
Aún recuerdo los pasillos del castillo, sus grandes habitaciones donde dormíamos diez o doce chicos, la discoteca improvisada en el gimnasio, los grandes jardines verdes, la iglesia llena de luz de domingo, los árboles, las tardes de cine incomprensible, la lluvia tras las ventanas... Cuando uno se encuentra solo todo es muy malo, muy pequeño.
Luego fueron pasando los días y aquel dolor se fue volviendo un gesto, una nota musical de menor importancia. Pero estaba ahí entre los libros de inglés, los campos, las calles de Londres que tanto me han gustado siempre.
Ahora vuelve el otoño a Madrid con la lluvia, el frío, la oscuridad, el silencio, y sé que está enredada, la soledad, entre las calles, y que me empañará las gafas, en cualquier paseo, esquina o huida callejera.
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Raúl González Blanco
Me he propuesto no escribir en este Hotel sobre fútbol, pero creo que hay personajes que sobresalen de su trabajo y ocupan un lugar único: Raúl es uno de ellos. Es de esas personas que tienen algo especial, una luz, una estrella, un duende, que diría García Lorca. Desde los primeros pasos de Raúl en el Madrid, ya se veía un estado de concentración distinto, un impulso nuevo, como el que se propone llegar a una meta sin que nada ni nadie le pueda parar.
Seguramente lo más difícil en la vida es “continuar”. Porque una ráfaga de oro, un minuto mágico, lo tiene casi todo el mundo. Es de esas cosas que le pueden pasar a cualquiera y los hay que saben vivir de ello toda la vida. Pero el reto verdadero es hacer las cosas cada vez mejor, es empezar en un nivel, y no sólo mantenerse, sino ir mejorando. Es luchar cada día por aumentar los registros. Y esto es algo real en cada forma de vida y de trabajo. Recuerdo a mi gran amigo Rafael Pérez Estrada, su única lucha era escribir cada vez un libro mejor, estuvo cuarenta años detrás de este sueño, y sus libros fueron siendo mejores hasta el último día de su vida.
Raúl está en este camino. Es una mezcla de talento, romanticismo, esfuerzo, y orgullo. Y siempre con el gesto del que busca llegar más lejos, romper más voces. Cuando Raúl tenía diecisiete años dijo que quería ser el mejor jugador del mundo. No estaba presumiendo, ni sacándose de la manga un farol, estaba poniéndose la más alta de las metas, y eso sólo lo hacen los que sienten en su interior un impulso especial.
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Tributo a New York, un 11 de septiembre de 2001
Desde las torres gemelas se veía Nueva York como un mapa inmenso de luces y calles. Nunca olvidaré la primera vez que vi la Quinta Avenida, me sentía en una película hermosa de esas que siempre tienen un final feliz. Cada vez que vuelvo a New York recuerdo aquella primera sensación del año 1994, y me siento en un vivo letargo dulce.
Me gusta, adoro esa ciudad. A veces, cuando no me encuentro bien, me imagino el silencio de Central Park, los altos edificios, las luces, el puerto, las grandes gaviotas del Hudson... y es como salir de todo.
Creo que pasear por Nueva York es una de las cosas más hermosas que puede hacer el ser humano, sólo hay que dejarse llevar por la literatura, por la historia, por el cine... y cuando quieres darte cuenta estás envuelto en un sueño de calles y canciones, en algo que has visto y buscado toda tu vida.
Algunas noches, cuando añoro mucho New York me conecto a una Web Cam y veo una esquina de la Quinta Avenida con su movimiento, su esencia libre, su transcurso. Creedme si os digo que es como un pequeño viaje. Hoy no he podido hacerlo. Y en la distancia, el dolor de una ciudad, no me deja vivir.
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Pesadilla en Manuel Fraga Street (segunda parte)
Cuando José María Aznar llegó al poder a muchos nos pareció un detalle de cordura, de integridad política, anunciar que ningún dirigente podría presentarse a las elecciones durante más de tres legislaturas. Quizás sea de lo poco del Partido Popular que me gustó en ese momento. Pues por supuesto tenía que llegar la Pesadilla Oficial, Manuel Fraga, y estropearlo. Y es que los enfermos de poder siempre terminan por estropearlo todo.
A mediados de Junio ya dije en mi artículo, El resbalón de Fraga, lo que opinaba de este señor pesado por medida doble. Ahora se le ocurre enseñar a la prensa un informe de su médico donde expone su gran estado de salud, y su magnífica disposición para afrontar un nuevo mandato. Por desgracia ningún médico podrá nunca expulsar de sus chequeos lo que el tiempo va dejando en cada uno, y Manuel Fraga tiene ya 79 años, ¡79! Una edad ideal para ir pregonando por las Galicias una fortaleza humana y una resistencia al choque que si juzgamos con un poco de lógica, no sirven para nada.
A los 80 años se puede escribir un libro genial, dirigir una gran película o incluso enamorar a una muchacha. A los 80 años se puede ser el hombre más feliz del mundo, viajar, hacer amigos, descubrir, inventar... Pero ser presidente de una Comunidad Autónoma que aspira a la modernidad, al crecimiento, al desarrollo... eso es otra cosa. Y es muy evidente que hará falta otro tipo de hombre.
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Tirar la bicicleta al mar
El Ayuntamiento de Punta Umbría (¡quien pudiera estar en Punta Umbría!) realiza todos los años una singular operación. Contrata a un grupo de buceadores para que se sumerjan en el mar y recojan todo lo que “algunos” tiran, la operación dura toda la mañana. Muy cerca de donde muchos disfrutan de la playa y el sol, unos hombres se encuentran con la basura y la irracionalidad humana, cara a cara.
El año pasado sacaron más de 400 kilos de basura, y pásmense, todo un SEAT 600 de los que compraban nuestros padres nada más casarse. Imaginarse el 600 dentro del mar azul de Punta Umbría es como imaginarse el Titanic, pero muy a lo español, todavía con el aroma rancio de las carreteras peores y los sueños antiguos.
Este año lo que más han encontrado son bicicletas. No puedo dejar de recordar aquel poema maravilloso de Rafael Alberti que decía algo así:
“Muchos tienen un yate y muchos más un automóvil y hay muchos que también tienen ya un avión. Pero yo, a mis 50 años justos, tengo sólo una bicicleta...”
El poema se titula Balada de la bicicleta con alas, y es todo un símbolo de humildad y de amor por esas cosas sencillas que nos cambian la vida.
Yo fui un niño de bicicleta. Durante el verano mandábamos las bicis por tren y llegaban dos o tres días después que nosotros. Pues el verano empezaba realmente cuando llegaban las bicicletas. Hasta mis doce o trece años, sobre todo en verano, pasé más tiempo con el culo en el sillín que estudiando en toda mi vida. La bicicleta era el símbolo más claro de la libertad, tener la bici cerca era poder estar en muy poco tiempo, muy, muy lejos... todo lo lejos que realmente necesitábamos.
Una cosa tengo muy clara, el que tira la bicicleta al mar, no sabe lo que es realmente una bicicleta, ni lo que es realmente el mar.
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Paco Ibáñez, por una canción
Llevo toda la vida escuchando a Paco Ibáñez. Su voz es de esas voces que te acompañan toda la vida.
No es fácil decir todo lo que la poesía española le debe a Paco Ibáñez, ya sólo la labor de divulgación que ha hecho de autores clásicos y contemporáneos es digna del mayor de los reconocimientos. Pero todos sabemos que Paco Ibáñez no ha pensado en eso, lo suyo es una lucha por la poesía espontánea, ¡como lo grande! es sacar la poesía de los libros para que los versos se armen y se crezcan, cantarlos es la forma mejor de que el público los ame y los convierta en sus himnos personales.
Paco Ibáñez ha sido siempre fiel a su camino, a su labor de cantante de poetas. Todos los que esperaban un disco de Ibáñez con canciones de carácter más comercial, se han tenido que aguantar con Lope de Vega, Quevedo, Pablo Neruda... y eso también es digno del mayor elogio, a veces lo fácil es romper tus principios y hacer lo que conlleva mayores comodidades. Por eso no hemos visto a Paco Ibáñez en festivales, ni en discos recopilatorios, ni en homenajes discográficos, ni en anuncios de televisión... me cuentan que se le puede ver caminando por las calles de Paris, vestido de negro, a punto de beber un vino o coger un metro.
Conozco a muchos que han conocido la poesía, la buena poesía, en la voz y la guitarra de Paco Ibáñez. La poesía es un arma cargada de futuro cuando puedes juntarte con unos amigos, y la cantas, a gritos, por las calles.
Le puse a un amigo escritor norteamericano una cinta de Paco Ibáñez y le gustó tanto, que en unas semanas ya tenía dos o tres CDs, y ahora escucha sus poemas en las grandes autopistas americanas, su magnífica voz no tiene fronteras.
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Verano
Hace unos años saltó a la opinión pública la noticia de una familia que había dejado abandonado en una gasolinera al abuelo. Suena terrible y grotesco, ¿fue verdad? Todos nos imaginamos al anciano sentado en la gasolinera viendo los coches avanzar hacia ningún sitio. A mi me recuerda la famosa secuencia de Luis Buñuel, aquella del niño que, jugando, le da un manotazo al cigarrillo de un cazador, el cazador se sienta, espera a que el niño avance y le pega un tiro certero, cuando un cazador compañero corre hacia el asesino para preguntarle, él le explica que el niño le ha tirado su cigarrillo y el otro “entiende”. Bueno pues si es terrible, absurdo, surrealista, gravísimo, abandonar a un anciano en una gasolinera, no lo es menos abandonar a un animal doméstico, algo que por lo visto se repite mucho en estos días. Parece que el verano nos vuelve a todos un poco locos... robos, incendios, accidentes, fraudes... y este calor que nos enciende por dentro y nos apaga al mismo tiempo.
En la novela El Extranjero, de Albert Camus, el protagonista mata a un árabe en la playa por una única e insólita razón: el calor, y la novela es tan genial que todos nos sentimos responsables y muy capaces de apretar el gatillo.
Yo por si acaso esta mañana me voy a quedar en casa.
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El resbalón de Fraga
Ayer, el presidente de la Xunta de Galicia, dio una rueda de prensa para tratar el tema de su candidatura a las próximas elecciones gallegas. Un periodista tuvo la “osadia” de preguntarle la causa de caminar con bastón, y por supuesto Fraga no pudo permitirlo, le contestó que eso era una impertinencia, y que si pretendía poner alguna objeción a su estado de salud debía saber que estaba perfectamente. Al terminar la rueda de prensa, pidió su bastón y dijo una frase que se pudo escuchar con facilidad: “algunos les gustaría que me resbalara”. Pues a mi me hubiera gustado estar allí para levantar mi brazo y no negar mi pertenencia a ese grupo de buenos soñadores. Reconozco que pocos personajes me causan tanto cansancio como Manuel Fraga, parece que arrastra todo el pasado baldío de su carrera política y que se niega a dejar que los demás caminen.
Sin duda se trata de unos de esos extraños Mamut, o Dinosaurios Verdes, que tanto gustan a los cineastas americanos, y que se agarran desesperadamente a la vida cuando todo su mundo está extinguido. Fraga arrastra su antipatía, su soberbia, como si fuera el padre celoso y bíblico de todo el Partido Popular. Tiene toda la falsa energía de los que se creen imprescindibles, y toda la arrogancia de los que no saben confiar y creer en sus compañeros.
Me parece increíble que en la realidad política española siga en activo un personaje como Fraga, me da la sensación de que muchos de sus compañeros de partido opinan como yo, pero es de esos señores que se apoyan en la historia para seguir caminando, y que nadie se atreve a pegarles un empujón final.
¿Han oído si el hombre del tiempo anuncia cambio climático?
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Génova, dos monedas con la misma cara
Recuerdo ese verso de Dámaso Alonso que dice, “¡Hombre!, ¡yo soy todos los hombres!” porque me da la sensación de que todos somos mucho más parecidos de lo que pensamos, tiramos de nosotros mismos con la misma fuerza y caemos en los mismos errores.
Digo esto al pensar en las manifestaciones, con muerto incluido, que se han producido en Génova, durante estos días. Cargas policiales, humo, gritos, dolor violencia... y en el otro cielo del mismo mapa, reuniones, mentiras, sonrisas forzadas, corbatas, escaleras de poder...
A mi me parece que están en el mismo lado, que cae en la misma trampa el dirigente que no perdona la deuda a un país pobre, que el chico que le lanza una piedra a un policía. Tratar de luchar contra la globalización destrozando y creando miedo en las calles es tan absurdo como organizar reuniones donde nadie escucha, y seguramente nadie habla.
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Un muerto
Hoy ha muerto un hombre. Una niña de diez meses nunca podrá besar a su padre. Nunca. Le dirán que era policía, que era bueno, que era su padre. Y llevará toda su muerte en el corazón como un plomo, como una herida.
Mañana unos se van de vacaciones, otros se casan, o se encuentran. Teléfonos que suenan, viajes, maletas, planes, reuniones con los amigos, recuerdos, libros, poemas, el día estará a punto de empezar para todos menos para un hombre.
A mi cada vez me gusta menos la política, para que vamos a ponernos a pensar o a decidir, si la vida se nos va como un tren y no podemos hacer nada. Pero una niña de diez meses hoy se ha quedado sola para siempre, y me gustaría parar el tiempo, para acompañarla.
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Lo que cuenta la Radio
Sin duda los árboles no nos dejan ver el bosque. Estamos tan dentro, nos tapa la vista tantas cosas que no sabemos que es realmente lo que nos interesa; lo que nos gusta, lo que nos ayuda a seguir viviendo. Y eso es lo que pasa con la Radio. La tenemos en el coche, en la habitación, en el aparato de música, en el bar, la escuchamos casi todos los días y no nos damos cuenta de la importancia que tiene.
La Radio es el gran medio de comunicación. Es una ventana abierta a cualquier parte, es una soledad compartida, un amor que se une, una canción, una tregua. Posee rapidez, diversidad, constancia; funciona siempre, es ese amigo que siempre está, que se llena de palabras, que te sorprende, que te engaña, que te insulta, que te necesita, que te quiere...
Pocos medios de comunicación han evolucionado tanto y tan bien como la radio, cada vez que surge uno nuevo, llegan voces que la sitúan en el último trecho de su camino, y siempre se equivocan. La radio ha sabido unirse a la actualidad como quien encuentra un tesoro y no lo suelta. Durante la noche ha sabido romper el drama de todos los insomnios y compartir la soledad como se comparte el vino, el agua.
Yo no sé vivir sin una radio, es una de esas adicciones que me enorgullecen. Al escribir estas líneas me viene a la memoria una temporada, triste y gris, que viví en Londres; por la noche encontré el dial de Radio Exterior de España, lo escuchaba durante horas, y me sentía mucho, mucho más cerca.
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Madrileño y el mar
Siempre se ha dicho que para querer algo lo mejor es perderlo, en la ausencia es donde mejor brillan las cosas que necesitamos. El día que pierdes la vieja radio, recuerdas que era de tu padre, que te acompañó durante toda tu infancia y que sin su viejo color, sin su viejo sonido, no podrás vivir.
El madrileño es un señor que pierde el mar todos los años. Y ahí es donde surge su nostalgia, su tristeza, su recuerdo... el mar se vuelve un mundo a parte, lleno de símbolos y esperanzas. El mismo mar de todos los veranos, de todos los amores, el mar de la infancia, el aroma del mar como el del primer beso... y el madrileño lo espera como quien espera la lluvia imposible, el regalo, la caricia perdida.
Para amar el mar hace falta perderlo, y ahí es donde los hombres del interior entienden cosas del mar que no saben los que lo tienen todos los días.
Muy a menudo cojo el autobús, lo hago por la mañana, temprano; siempre está lleno de hombres con los ojos tristes y somnolientos, los hay que leen el periódico como quien busca la solución más rápida, otros escuchan música y parecen perdidos, yo bajo del autobús y lo veo marcharse, entonces sueño que va al mar, y que el mar me espera...
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La frase de un imbécil
Estoy convencido de que la frase de la que voy a hablar la habéis oído alguna vez, es de esas frases que están en el aire, y que se le escapa a algún imbécil, de vez en cuando. Cuando surge el tema de la inmigración, y uno le recuerda al interlocutor las veces que los españoles hemos ido fuera de España a buscar trabajo, entonces, el idiota de turno, te dice, “Pero iban con contrato”. ¿Lo habéis oído alguna vez? ¿Si?
Hay que explicarle a este “señor” que el contrato no significa absolutamente nada. Cuando se trata de tener un trabajo, de poder crear una familia, de poder vivir con una mínima comodidad, de poder sentirse una persona, de poder crear las bases para mirar el futuro sin angustia y desesperación, con estabilidad... cuando se trata de poder vivir todo esto, el contrato tiene el mismo protagonismo que un papel de fumar o una cerilla. Yo no sé que tipo de contrato tenían los españoles que se fueron a Alemania, o a Francia, o a México, o a Argentina, pero si sé que se iban porque aquí no podían vivir, y que se llevaban el corazón roto, y la foto de su pueblo como un sueño imposible: Exactamente igual que los que vienen ahora, eso es lo que realmente cuenta.
A nadie le gusta dejar su país, como a nadie le gusta tirar sus cosas por la ventana. A nadie le gusta que no le entiendan, que le desprecien, que le detengan, que le exploten, y todos los que salen de su país, saben que se van a encontrar con esto de una forma o de otra, los sabían los españoles y lo saben los que vienen a España, está en nuestra mano olvidar el dichoso contrato y hacer las cosas lo más fácil posible.
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La ultima carta de Rafael
llevo toda la vida sufriendo por el futuro... por el amor, la salud y el dinero que me esperan tras unos años, tras una calles,
estudiando y trabajando para llenar ese futuro de luz,
y sin embargo, ayer leí la última carta de mi amigo que murió, comprendí que el futuro es sólo esa carta, un billete del tren que nos lleva al mar
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Morir de estudiante
Creo que estudiar es la actividad más pesada, aburrida, y absurda que puede hacer un ser humano. Y ahora, como en el mes de septiembre, estamos en esa etapa donde uno se muere de estudiante. Recuerdo con horror aquellas tardes donde la única actividad era estudiar. Y después... la certeza de no tener los temas claros para el examen, el miedo a perder el tiempo, las preguntas, la inseguridad, los nervios, el remordimiento de no haber empleado hasta el último minuto, la promesa imposible de hacerlo la próxima vez...
¡Que te voy a contar! son las tres y media de la mañana y te faltan seis horas para enfrentarte a un folio en blanco que te mira ahora, burlescamente. No es demasiado tarde ni demasiado pronto; si miras por la ventana ves la noche de verano y te gustaría mucho salir a la calle, pasear. Si te levantas de la mesa ves tus discos y te gustaría escuchar placidamente aquella canción o darte una vuelta por la Web de turno, todo te parece maravilloso menos seguir metiéndote entre los ojos un montón de palabras que entiendes casi tan poco como te importan.
Estudiar es vivir esperando, es tenerlo todo a la vuelta de la esquina y no saber por que calle caminar. Es mirarse en un espejo que no refleja; y emborracharse de aburrimiento cada viernes o sábado después de un examen. El que espera desespera, dicen, pero el estudiante desespera más, porque las horas pueden ser larguísimas en un momento o exageradamente breves en otro.
Ayer estuve en una Biblioteca Pública y vi las caras largas que dejan los libros que nadie quiere leer, el poder del café que nunca es suficiente, y ese olor a tristeza y esperanza tan característico.
Yo terminé hace dos o tres años de estudiar, pero cuando llega junio, y sobre todo cuando llega septiembre, porque yo siempre me examiné en septiembre, me acuerdo de estudiar como de uno de esos sueños que se repiten cada cierto tiempo, y nos llenan de inquietud.
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Enrique Urquijo, una voz en el desierto
Cuando estaba en el colegio, una compañera de clase me dijo que su madre se había cogido una depresión al enterarse de la muerte de Janis Joplin, le dije que su madre me parecía una gilipollas, y que entristecerse por la muerte de alguien tan lejano es una estupidez. A lo largo de los años he ido conociendo a gente que se ha impresionado mucho por la muerte de un artista, de un cantante, de un escritor... y a mi estas manifestaciones de dolor por una persona desconocida, siempre me parecían más falsas que Judas, lo que vulgarmente se dice una pose.
Pues cuando murió el cantante Enrique Urquijo, al que admiré tanto y conocí tan poco (un poco más que la madre de mi amiga a Janis Joplin, por supuesto) me sentí extrañamente impresionado. Escuchaba su música y no podía asumir que escuchaba ya una voz en el desierto, el dolor de un hombre que se nos ha ido para siempre. Lo cierto es que yo desde niño me sentí muy cerca de las letras de Enrique Urquijo, sus personajes, abandonados en la barra de un bar, náufragos de las calles, pasajeros de autobús, estaban en mi vida y cuando yo escribía un poema, lo escribían conmigo.
Enrique Urquijo debe quedar en la historia como uno de los mejores músicos que hemos tenido, su trabajo no sólo es la obstinación y el esfuerzo, en cada canción está siempre esa pequeña luz que brilla en la obra del hombre que se desnuda por dentro. Enrique vivió solo en el espacio interior del artista que canta para vivir, para no morir de soledad.
Enrique vivió el mundo de la droga desde muy joven, su propia sensibilidad le hacía caer una y otra vez, y arrastró aquello como el peor castigo del destino, como una cruz; pero en ningún momento dejó que se interpusiera entre él y la música. Podrán decir que no es un ejemplo para la juventud, se equivocan, la droga en un gran error y Enrique lo cometió hasta el final, pero sin embargo supo seguir cantando y componiendo porque sabía lo que había venido a dejar en el mundo.
Me da la sensación de que la música crea un vínculo especial entre autor y público, seguramente la voz nos acompaña en distintos momentos y se hace un espacio en nuestra memoria. En la mía está Enrique, sentado en una silla, con una guitarra, rompiéndose por dentro.
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